LITERATURA Y FILOSOFÍA

El cuerpo en la escena política contemporánea

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Acerca de Ir más allá de la piel. Repensar, rehacer y reivindicar el cuerpo en el capitalismo contemporáneo, de Silvia Federici.

Por Mariano Pacheco

Esta semana en la sección Libros y Alpargatas de La luna con gatillo, rescatamos esta producción reciente de la teórica y militante feminista italiana, publicada en Argentina por la editorial Tinta limón. Por el mismo sello también se han publicado, de Silvia Federici, otros libros como Calibán y la bruja y El patriarcado del salario.

Casi 150 páginas estructuradas en una introducción, cuatro partes y un epílogo que recorren una gran cantidad de temáticas y discusiones en torno las mutaciones que padece el cuerpo en tanto fuerza de trabajo en el capitalismo contemporáneo, pero también, las concepciones de vida sana y enfermedad que circulan en la actualidad, por lo general haciendo hincapié en el hecho de ser asumidas como cuestiones individuales y no como parte más general de una problemática social. Las técnicas y dispositivos médicos-psicológicos que disciplinan el cuerpo de las mujeres y las políticas reproductivas que lo regulan, pero también, el cuerpo que resiste y goza. A continuación, diez cuestiones que quiero rescatar y subrayar de este conjunto de nociones teórico-políticas que aparecen en el libro, y que funcionan como índices para luchar y transitar por los senderos de una vida no fascista.

1-La política del cuerpo introducida por el feminismo implicó toda una revuelta en las vidas cotidianas dentro del capitalismo, sistema que modela cuerpos y establece roles y jerarquías, incluso al interior de la clase explotada.

2- Esta política feminista implicó poner en discusión la hetero-norma y el binarismo que establecía una concepción de femineidad para el espacio público (si trabajar o no, y de qué; si fumar; si participar políticamente; etcétera), pero también, para la vida íntima (poder elegir cuándo y cómo sostener una relación sexual, incluso dentro del matrimonio; optar por tener o no un bebé) e incorporó una agenda de debates en la esfera pública, sobre temas que antes eran tabú, como la menstruación y la menopausia.

3- Reivindicando cierto linaje marxista, la autora sostiene que no se puede recuperar los cuerpos de cada quien sin cambiar las condiciones materiales de existencia, y asume que ese fue un error del movimiento feminista europeo y norteamericano de fines de la década del 60 e inicios de los 70 del siglo XX: no conectar las luchas por la legalización del aborto con, por ejemplo, las batallas contra los recortes de los gobiernos en la asistencia social (escisión que luego también se produjo en los años 90, cuando mujeres negras y de otros pueblos marginados asumieron que el movimiento por el derecho de las mujeres no las representaba). En nuestro caso, a los ejemplos europeos y norteamericanos, también podríamos sumar para pensar, asimismo, el recorrido de los feminismos en relación al resto de las luchas populares en los distintos países de América Latina durante el último cuarto del siglo XX.

4- Cabe destacar que Federici incluye la identidad de género al interior de una identidad social más amplia que también comprende el aspecto de las luchas de clase y de las comunidades de las que se proceden y se habitan, y destaca que el proceso de liberación de las mujeres se haya esforzado por crear una identidad más indeterminada y fluida, siempre abierta a la redefinición, la disputa y la reconstrucción (“De ahí que la lucha por desestabilizar la identidad que se nos ha asignado no se pueda separar de la lucha para cambiar las condiciones sociales/históricas que determinan nuestra vida y, sobre todo, para socavar las jerarquías sociales y la desigualdad”).

5- Otra cuestión que aparece trabajada con particular atención es el de las mutaciones de la “política identitaria” y la conquista de derechos en el neoliberalismo, puesto que a las mujeres ya no se les exige más que sean solamente madres y esposas dedicadas al trabajo doméstico, sino también que sean independientes, eficientes, parecidas a los varones. Y en ese marco, las políticas gubernamentales suelen promover la lógica de demandas por grupos diferenciados (mujeres, gays, bisexuales, no binaries, trans). “Tenemos que ser críticas con cualquier concepto de identidad que no sea histórico y transformador, que no nos permita ver si las formas de explotación a las que nos someten son diferentes o si las tenemos en común. Pero es necesario abordar de otro modo las identidades sociales que se originan en formas particulares de explotación y que han sido remodeladas por una historia de lucha que aún sigue vigente en nuestra época, porque rastrear la trayectoria de nuestra identidad a lo largo de una historia de explotación y lucha nos permite encontrar un terreno común e imaginar colectivamente un futuro más equitativo”, explicita la autora.

6- Federici insiste en caracterizar el cuerpo como texto en el que se pueden leer los preceptos que los regímenes de poder han escrito en él a lo largo de la historia, pero también, de las rebeliones y luchas que se han librado contra ellos (el cuerpo como campo de batallas).

7- “¿Qué pasa entonces con nuestros cuerpos hoy?”, se pregunta la autora, en un contexto en el que el mandato de “cuidar nuestros cuerpos” parece ser hegemónico, al menos entre quienes no han quedado al margen: sectores medios, asalariados, incluso empresariales (habría que pensar aquí, sugiero, qué pasa con los cuerpos precarizados en sus trabajos y que habitan en las periferias de las ciudades). Federici llama la atención con aquello que sucede en los gimnasios, pero sobre todo, en las plazas y parques, donde se produce un “movimiento masivo” que despierta una pasión similar a la que antiguamente despertaba un acto político. Vayamos solos, en pareja o en grupo, lo hacemos –se argumenta- para obtener algo que es para cada uno, mientras que a las movilizaciones o mítines se asistía para obtener algo para todos.

8- “Estar sanos y tener buen aspecto es una exigencia laboral” dice Federici, y subraya que hoy más que nunca ese movimiento de “cuidar nuestra salud” se complementa, en el caso de las mujeres, con un índice inusitado de cirugías estéticas e inversiones en estética. Aunque más allá de estas necesidades, lo que aparece en el centro de la escena es la cuestión del deseo que atraviesa estas exigencias (deseo, podríamos agregar, que nunca es una cuestión individual –“mi deseo” sobre “mi cuerpo”—sino una cuestión política, y por lo tanto histórica, social).

9- Recuperando la propia historia de luchas de los feminismos, sobre todo de la impronta de los años 70 –en sintonía con los planteos del Black Power– Federici insiste en, por un lado, problematizar los parámetros que definen la belleza, y por otro, la necesidad de articular “la gestión de nuestros cuerpos y sus transformaciones” y “el proceso más amplio de emancipación social”.

10- Por último –y esto es algo que me interesa particularmente subrayar, por la propia tradición de la salud pública en Argentina-, la autora plantea la necesidad de construir un conocimiento colectivo, enlazando con las enfermeras y lxs médicxs afines que trabajan dentro de las instituciones, pero sin olvidar que –más allá de la buena voluntad de personas específicas que trabajan en este ámbito– la medicina como institución “sigue estando al servicio del poder y del mercado”, además de contar con una larga historia funcionando como instrumento disciplinador del capital. “La historia de la medicina ha demostrado de manera sistemática su voluntad de control social y su voluntad de reprogramar nuestros cuerpos obstinados en hacernos más dóciles y productivos” (aunque obviamente, volviendo a prestar atención a la propia historicidad de nuestro país –con políticas estatales de salud típicas como las implementadas por el peronismo– y al modo en que la gestión estatal abordó la pandemia –proceso de vacunación masivo de por medio– la salud púbica estatal y su articulación con otras dinámicas de salud popular comunitaria resultan fundamentales).