¿Vigencia de la “cuestión nacional” en la época neoliberal?

A propósito de una relectura de “Nacionalismo burgués, nacionalismo revolucionario”, libro de Ricardo Carpani publicado cincuenta años atrás.

Por Mariano Pacheco

Nación y lucha de clases

Nacionalismo burgués, nacionalismo revolucionario parte de la ubicación histórica y geográfica de la nación, para destacar que ésta surge –como experiencia y como concepto– producto de la lucha de clases, en Europa, tras el enfrentamiento entre los defensores del feudalismo y el bloque de fuerzas sociales que logra dinamizar y hegemonizar la burguesía, en su búsqueda por conquistar y unificar un mercado económico. Proceso que la burguesía lleva adelante enarbolando consignas democráticas como la de “Libertad- igualdad- fraternidad”. Revolución política burguesa y necesidad de conquistar mejoras de vida por parte de las grandes masas, entonces, coinciden por un buen período. “Sobre la base de esta coincidencia van apareciendo el sentimiento y la conciencia nacionales como expresión de la voluntad mayoritaria de la sociedad”, explica Ricardo Carpani.

El sentimiento nacional constituiría así un elemento cultural común mediante el cual un pueblo se auto-identifica a sí mismo, diferenciándose de otros. “La nación, en su cabal acepción no es otra cosa que las masas trabajadoras auto-asumidas como comunidad diferenciada nacionalmente”, escribe el autor, para afirmar luego que la nación ha sido “una creación de las masas”. La cuestión, se subraya en el libro, es que una vez constituida en clase dominante, la burguesía (ya triunfante frente al feudalismo) satisface sus necesidades con su desarrollo, mientras que las masas populares continúan, incluso en la naciente nación burguesa, viendo insatisfechas sus necesidades básicas. De allí que la alianza se rompa, dando paso a una lucha abierta. Así –destaca Carpani– va surgiendo, al calor del desarrollo histórico, un nacionalismo burgués, y otro revolucionario. “El nacionalismo burgués se erigió en un importantísimo elemento deformador de la conciencia colectiva de las masas, impulsándolas a actitudes reaccionarias respecto de otros pueblos, en beneficio de quienes son sus explotadores directos”.

Atravesada por la lucha de clases, la sociedad moderna apareció presentada por la burguesía como una totalidad nacional, logrando así arrogarse ella misma, para sí, la representatividad de la totalidad de la nación, cuando en realidad sólo saciaba sus apetencias de clase, contrapuestas a los intereses del pueblo. De este modo, la democracia de las nacientes naciones burguesas se redujeron a sus aspectos formales: la justicia a los moldes del derecho burgués (escudo protector de la propiedad privada) y las tres banderas de la Revolución Francesa (“Libertad- Igualdad- Fraternidad”) pasaron a ser para las masas populares “libertad” de vender su fuerza de trabajo para ser explotada a cambio de un salario con el cual apenas subsistir; “igualdad” formal frente a una realidad desigual y “fraternidad” humana enunciada de manera abstracta mientras se promovía de forma concreta la ley de la selva donde cada quien debía preocuparse por ver cómo sobrevivir. “El nacionalismo burgués sirvió a la burguesía como barrera ideológica al servicio del mantenimiento de sus privilegios en el plano interno y como impulsor emocional popular al servicio del pillaje y las guerras imperialistas”, concluye Carpani.

Imperialismo/ colonialismo

De los países colonialistas/ imperialistas y también de las burguesías de los países dependientes, Carpani sostiene que terminan negándose a sí mismas porque preservan y reproducen la condición estructural de dependencia.

Por eso va a surgir, en el devenir histórico, esta diferenciación entre un nacionalismo del mundo colonial y semi-colonial y otro nacionalismo conquistador. Del primero, Carpani afirma que nace de la necesidad de liberar a los países de la miseria social y la explotación económica impuesta por el imperialismo y sus socios nativos (por eso la conciencia nacional coincide aquí con la conciencia social revolucionaria de los trabajadores), y es por eso que se lo caracteriza como un nacionalismo defensivo, que busca enfrentar la opresión para liberarse de la explotación colonialista/ imperialista y construir una nación independiente, libre y soberana. Del segundo, afirma el autor, no puede más que destacarse su carácter agresivo y explotador.

El nacionalismo popular anti-imperialista, así, funciona para Carpani como “cauce histórico” hacia la liberación social de los trabajadores (nacionalismo revolucionario que enfrenta a su vez a las potencias extranjeras y a las clases dominantes nativas). Lo nacional, desde este punto de vista popular –diríamos—funciona entonces como aquella expresión que encarna intereses del conjunto de la sociedad y no de minorías que buscan perpetuar la situación de explotación de las mayorías. Por eso es complementario (y no contrapuesto) al internacionalismo de los pueblos.

“La liberación nacional y social de los pueblos y clases explotadas sólo puede solucionarse definitivamente a nivel mundial, y a esa solución, sólo se arribará impulsando la revolución en cada país, según sus propias y específicas características”, remarca el autor, en una época –la dela década del setenta del siglo XX—atravesada por el imperativo guevarista de que a la Revolución Cubana (primer revolución socialistas del continente) no se la ayuda o se la acompaña con abstractas declaraciones de solidaridad, sino construyendo “dos, tres, muchos vietnam” en la región. Queda claro entonces que el nacionalismo popular revolucionario asume en esas circunstancias un horizonte de construcción socialista para cada nación, como “vía hacia la integración de una comunidad universal sin explotadores ni explotados” (la definición de Carpani va en consonancia tanto con los cánticos que multitudes entonan en movilizaciones, como parte de una Tendencia Revolucionaria del Peronismo que se auto-identifica con la consigna de la “Patria Socialista” como de las relaciones internacionales que ese espacio político promueve, primero con Cuba y Chile –gobernado por el presidente socialista Salvador Allende—y luego con procesos de tierras más lejanas, como Palestina y Argelia).

Latinoamérica y el nacionalismo popular revolucionario anti-imperialista

Carpani plantea la perspectiva de la lucha de liberación nacional de cada país de la región como parte de una unidad revolucionaria de América Latina (patria grande dividida y fragmentada por el imperialismo y las oligarquías nativas). De allí la hipótesis de que con el avance en las luchas de liberación nacional en el mundo colonial y semi-colonial, se iban a impulsar y apuntalar las luchas del proletariado de las metrópolis centrales, acelerando así la crisis mundial del capitalismo imperialista.

La historia de América Latina, entonces, es propuesta ser leída por el autor desde este punto de vista, como la historia de sus frustraciones nacionales, de su parcelación, de su no-realización producto del sojuzgamiento combinado del imperialismo sobre la región y de las oligarquías nativas sobre cada uno de los países.

De este modo, según esta hipótesis, la independencia latinoamericana se vio condicionada por el desarrollo de las potencias que ya entonces comenzaban a expandirse y controlar el mercado mundial capitalista. Por eso desde el revisionismo histórico se plantea el proceso como “ininterrumpido”: las luchas independentistas, las de la montonera, el radicalismo yrigoyenista, el peronismo son parte de una misma secuencia (mirada teleológica hacia el progreso de la revolución social). Obviamente, medio siglo después de estas caracterizaciones, resulta al menos problemático pensar el proceso histórico en esos términos. Primero, porque los modos de leer la historia en las últimas décadas, desde el campo de la teoría crítica, han recuperado aportes fundamentales que en aquellos años no se tenían en cuenta, o recién empezaban a ser trabajado en otras latitudes (desde las relecturas de Marx hasta los cruces de Marx con Nietzsche y Freud, pasando por Walter Benjamin). Por otro lado, porque no hay, en la mirada de Carpani, ninguna reivindicación política explícita de la labor anarquista y socialista en el proceso de conformación del sindicalismo, ni tampoco una reivindicación de la matriz indígena que se ha revitalizado enormemente desde fines de los años 80 en adelante (los trabajos de David Viñas y Osvaldo Bayer, ya presentes en los 70, hoy resultan ineludibles, junto con la relectura de autores como el peruano José Carlos Mariátegui, por no hablar de todo el proceso de luchas que atravesaron el continente en las últimas tres o cuatro décadas).

Así y todo, tomando alguna de las frases que el propio Carpani en este libro (“La nación está donde está la clase obrera; patria son quienes con su trabajo y su lucha la van haciendo y recreando permanentemente”, por ejemplo), podemos recuperar parte de archivo del nacionalismo popular revolucionario para pensar hoy, desde un punto de vista popular, que pasa con ese nacionalismo que ha perdido la inquietud y el léxico de la revolución (“en países dependientes en la época del imperialismo no hay liberación nacional definitiva sin expropiación de los medios de producción… En los países dependientes no hay liberación nacional sin simultánea liberación social, ambos se presuponen y condicionan”, escribía entonces Carpani).

Si el proyecto del nacionalismo popular es el de recuperar la riqueza social producida por las mayorías que se ven excluidas de los beneficios de su propio trabajo por la apropiación privada de esas riquezas por parte de minorías explotadoras, como se sostiene en este libro publicado por primera vez hace cincuenta años, tal vez convenga hacer el ejercicio de lectura militante que propone Horacio González en el prólogo a la edición de 2014 (e incluso, deberíamos hacer ese mismo ejercicio sobre las lecturas operadas hace ya casi una década). Dice González que “el lector militante para el que Carpani escribía sufrió la vicisitud a la que lo sometieron los tiempos”, y que si bien el concepto de nación “reclama como siempre innovadores pensamientos que no la disuelvan ni la conviertan en una esencia inmutable, los nuevos aspectos de la mundialización, con sus dimensiones tecnológicas, comunicacionales y simbólicas, reclaman que estos valiosos legados del pensamiento nacionalista revolucionario se relean con predisposición a transmutarlos a las formas que más convengan a fin de entusiasmar y provocar nuevos síntomas del pensar colectivo”.

En la era del realismo capitalista actual, cuando la mundialización neoliberal se impuso como nunca, una pandemia planetaria volvió a resituar en coordenadas contemporáneas la discusión sobre el rol delos Estados, el tipo de vínculo entre las economías y, de algún modo, volvió a insinuar un debate en torno a qué implica hoy rediseñar las naciones desde un punto de vista popular. Quizás no hayamos sacado aún las conclusiones necesarias, pero tal vez este valioso libro de Carpani, publicado hace medio siglo, pueda contribuir a establecer una productiva conversación entre la herencia y la invención, que no es más que una discusión en torno a cómo volvemos a reconectar los efectos con sus causas, el presente con una tradición (o conjunto de legados), todo lo contrario a lo que el neoliberalismo promueve.