POLITICA

Veinte años atrás

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La represión del ministerio de Capital Humana a nuestras poetizas de las ollas populares. Pero sobre todo su ineficiencia y desconocimiento de como garantizar la seguridad alimentaria en un país con más de la mitad de niñes pobres atrasa.

A diez años del 2001 un referente social de aquellos años me contó como la veían los grupos piqueteros que se fueron conformando de la miseria planificada del Consenso de Washington implementada por el menemismo en los noventas (con muchas políticas similares al actual gobierno de Javier Milei). “Después de Cutral Co, de Tartagal, la ecuación fue simple: Si vos te bancabas las balas te terminaban dando esos planes de Jefes y Jefas de Hogar que había inventado el menemismo para parar la bronca. Igual te daban veinte y éramos como cien. Así que hacíamos una vaca, comprábamos alimento, y las doñas encararon las ollas populares”, me relato en perspectiva, ya en un predio donde funcionaba un bachillerato popular, una bloquera de cemento, una herrería, una editorial y otras iniciativas de los que luego sería denominado economía popular.

Cuando fueron los saqueos del 2001 (muchos organizados por la “casta” peronista o El Palacio, como lo llamó Bonasso), algunos supermercados empezaron a zafar del caos y el destrozo. Eran aquellos que estaban cerca de estas comunidades organizadas, primero en el piquete, luego en las ollas populares. Eran aquellos supermercados a los que algún dirigente se podía acercar a “extorsionar” a su dueño para algo tan simple como exigirle a un señor empresario de casa en el country que tuviera un poco de corazón, de solidaridad, de humanidad. Pa que pudiera darle un poco de alimento a sus vecinas que la estaban pasando mal.

Fotos: Mariela Díaz

La violencia del “piquete” (que luego se aliaría con la cacerola, la lucha es una sola) era el otro lado de la violencia de las millones de excluidas de una sociedad que, gracias a las recetas del FMI y otras herramientas económicas del capitalismo neoliberal, había sumido a la Argentina en un modelo de consumo e individualismo, donde progresivamente fueron más lo que quedaron afuera que adentro de la receta. Una olla para pocos, donde unos pocos se llenaban de guita a base de unas muchas (el género no es casual).

Veinte años tomó la mágica conformación de un espiral de cuidado y apoyo mutuo donde la protesta derivó en la propuesta, primero con ollas populares, después con pequeñas cooperativas, después con un sindicato de la economía popular, después con leyes como la de Emergencia Social o Regularización de Barrios Populares, con funcionarias que funcionan y diputadas como la cartonera Nati Zaracho. Un ejemplo de eso que los liberales llaman meritocracia. Salvo que su mérito no es el de salvarse sola. Sino el de ser expresión de la organización popular, la comunidad organizada.    

Hoy la vuelta del sálvese quien pueda, las recetas mágicas, el individualismo, la “casta” peronista y la rosca de “Palacio”, la Banelco que se trasformó en giros de Mercado Pago para les diputades, la concentración económica empresaria destrozando nuestra mesa ante el festín de la privatización de la vida, el “algo habrán hecho” trasformado en “planeras, vagas y negras de mierda”, ha legitimizado la más cruel de las barbaries (que hace rato el patriarcado capitalista llama civilización): robarle a un niño su comida. Y pegarle a la madre que lo defiende. Una lógica que, según las cumpas ecofeministas es coherente con la negación del cambio climático, la justicia social y la crisis civilizatoria que vivimos como humanidad. Incluso en su propia humanidad.

El problema no es el loco, el Nerón de Milei, sino el que le da de comer, el que lo legitimiza, el que le da vergüenza decir el Rey Capital está desnudo, o les que, como en el inverso del famoso poema de Bertold Brecht piensan que la muerte o el hambre nunca tocarán su puerta.

Por aquellas épocas del 2001 corría en fotocopias un texto traducido en una casa okupa de unos franchutes anarquistas que hacía un Llamamiento. “Nada le hace falta al triunfo de la civilización. Ni el terror político ni la miseria afectiva. Ni la esterilidad universal. El desierto no puede crecer más: está por todas partes. Pero aún puede profundizarse. Ante la evidencia de la catástrofe, están los que se indignan y los que actúan en consecuencia, los que denuncian y los que se organizan. Nosotras estamos del lado de los que se organizan”.

¿Y tu qué?