Todas las historias, la Historia
Una reivindicación a Belén y Homo Argentum, en tiempos donde el cine argentino no se hacía cargo de su propio tiempo.
Por Lea Ross
El cine argentino, como cualquier persona argentina, siempre trató de buscar su horizonte. Al ser el país más austral, más se preguntó por su orientación. En el arte cinematográfico, como lo escribió una vez el crítico Leonardo D’Espósito en una de las ediciones de la revista El Amante, lo podía buscar en Hollywood (Nueve reinas, El secreto de sus ojos, Relatos salvajes), o en el cine costumbrismo italiano (Esperando la carroza, Pizza, birra, faso), o en los formatos televisivos (las comedias de Adrián Suar) o incluso en el imaginario laberíntico de Jorge Luis Borges (Historias extraordinariaso la serie El Eternauta).
Homo Argentum, dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat (cuyo guion colaboró el mencionado D’Espósito) claramente apunta a lo segundo. En Belén, apunta a lo primero. Su directora y protagonista Dolores Fonzi está en pareja con Santiago Mitre, director de Argentina 1985. Tanto Belén como Argentina 1985 invocan ciertas cualidades del cine hollywoodense clásico: el heroísmo solitario, el subgénero judicial y el equilibrado uso de múltiples géneros narrativos, que va desde la comedia al melodrama. En ese caso, hay una lucidez política detrás de ese criterio, que es la interpelación del espectador en cuanto a la invocación del clasicismo para abordar su presente.
Si en Belén es efectivo, a punto tal que en algunas salas de cine comercial recibió aplausos de su público, la principal falla de Homo Argentum son los límites estéticos autoimpuestos. En casa uno de los 16 relatos, comprimidos en una hora y media, debían cumplir a rajatabla el modelo aristotélico tradicional (nudo, desarrollo y desenlace), sumado al hecho que el mismo actor, Guillermo Francella, debió encarnar a todos los protagonistas, encapsulados en puestas de escena formalmente ejemplares. Todo ese llevó a un desequilibro que generó simpatía, frustración y desgaste, por sus irregularidades duraciones y remates finales. Su estetización culta se volvió incoherente a la del costumbrismo con escasos recursos literarios: no hay metáfora, ni lírica, todo queda expuesto.
Ambos filmes, Belén y Homo Argentum, empujan livianamente la discusión sobre los límites de contemplar un territorio tan extenso como la Argentina amarrado al puerto rioplatense. En Belén, nunca queda claro si la abogada protagonista es tucumana o porteña; y si fuera lo segundo, no hay una revisión clara sobre su pasado que involucre su desarraigo. Esa economía narrativa sería el mismo pecado que se lo acusa a Homo Argentum cuya invocación a la patria se reduce solo a lo que pasa de la Circunvalación de General Paz para adentro.
La otra coincidencia entre Belén y Homo Argentum es que sus historias se hacen cargo de su Historia. La primera: sobre la expansión de las experiencias colectivas feministas frente a la opresión institucional patriarcal. La segunda: la misantropía brotada por la brecha entre el capital y el trabajo que padece nuestro país por la recesión económica reinante.
Gran parte de la ficción cinematográfica argentina parecía eludir de su propio presente. Si a finales de los noventa y en la entrada del nuevo milenio, filmes como Pizza, birra, faso, Mundo grúa, La ciénaga, entre otros, exponían la debacle nacional a partir de la insostenibilidad del Plan de Convertibilidad, basado en la paridad ficticia de un peso a un dólar, el quiebre económico hizo que costara encontrar películas que no quisieran hacerse cargo de revisar el advenimiento del presente siglo.
El permanente revisionismo histórico, el costumbrismo desapegado a la épica y la épica estilizada trataron en lo posible de que la invocación a su presente sea vetado. Así tenemos relatos salvajes, historias mínimas, historias extraordinarias y tantas otras obras que tratan de mantenerse desligadas a la época que les tocó. La elusión a la política explica por qué nos cuesta encontrar un filme que pudiera detectar el ascenso de las nuevas derechas.
Si hubo un objeto que quebró esa vehemencia de no querer hacerse cargo de su propia contemporaneidad fue el pañuelo verde. Las marchas que se acrecentaron a partir del “Ni Una Menos” en 2015 ofrecieron un modo de intervención pública que generó curiosidad en la manera generar expresividades más cinematográficas en cuanto a los conflictos actuales de la sociedad. Hoy, se ha vuelto recurrente el pañuelo verde como un atrezzo insistente en la pantalla ¿grande?, sean documentales como ficciones.
En ese panorama, el filme de Cohen y Duprat pretenden ser el contrapeso de eso que se ha instalado. Eso convierte a Homo Argentum y Belén en dos películas que han tenido su llegada masiva al invocar aquello que, se suponía, estaba prohibido desde la óptica mercantil: el debate público. Eso no es menor, en tiempos donde casi la mitad no quiere ir a votar, incluyendo quien escribe estas líneas. A contrapelo de la privatización de la política, provocada por el vocabulario técnico de sus analistas y por la inoperancia de sus dirigentes, es el arte que se hace cargo de ocupar lo público.
