Santiago Mitre no es Kusturika

En La Luna con Gatillo seguimos aportando críticas políticas de la cultura. Esta vez de la película Argentina: 1985, de la mano de uno de lo referentes del Movimiento Campesino de Córdoba, Pablo Blank.

Underground (Emir Kusturika – 1995) es una película que dice todo (o casi todo) lo que se puede decir sobre el dramático proceso de disolución de la ex Yugoslavia a partir de la caída del muro de Berlin. Seguramente tendra sus “olvidos” (no podría no tenerlos), pero la capacidad de incluir en una misma trama tantas dimensiones de análisis y de llevar al limite esa línea delgada que separa lo dramático de lo sarcástico y lo visible de lo oculto, hicieron de la película una obra maestra del cine no hollywoodense y de Kusturika una referencia ineludible en el mundo de la creación artística.

Pues bien, para empezar con esta mirada crítica de Argentina: 1985, debemos decir que esta película no es Underground, que Santiago Mitre no es Kusturika y que, lo mas importante de todo, una película (la que sea) no es ni debería ser nunca la fuente de la vencida histórica sino una herramienta de comunicación y concientización (que informa tanto a la vez que forma). Y que, como toda herramienta, puede permitir o imposibilitar futuros usos. Estará en la capacidad de quién la usa el sacarle el mayor jugo posible.

Creo que desde ahí, desde los posibles usos que habilita, es interesante analizar la película más que, como se viene haciendo en muchas críticas, de marcar lo que la película no dice o no hace. En definitiva, si nos ponemos en la tarea de cuestionar algo o alguien por lo que no es, no dice o no hace corremos el riesgo de cargar en mochilas ajenas nuestras propias expectativas no resueltas (tarea para la psicología).

Por eso esta crítica apunta a reconocer lo que la película es, lo que dice y lo que nos permite hacer.

Empecemos entonces por lo que 1985 sí es: una película formato hollywoodense, taquillera, con actores y actuaciones excepcionales, con una técnica magnifica que tiene su sumun en las escenas de los testimonios y que pone en escena desde una óptica novedosa (la del juicio) las atrocidades del terrorismo de estado y los múltiples condicionamientos con los que nace y se construye la democracia post dictadura. Intentar hacer esto es, de por sí, más que valorable. Lograrlo lo es aún más todavía. 1985 lo logra y es ahí donde reside la gran potencialidad de la película: lo que instala en término de debates sumamente necesarios para nuestra sociedad actual y lo que habilita en término de futuros posibles usos. Es una película que abre más que cerrar, que habilita más que obturar, que instala antes que ocultar. No es poco.

Pues bien, avanzando en esta línea de análisis, podemos dejar delineadas algunas cosas que la película sí dice (o que deja planteados para qué otros posteriores usos tomen y digan de manera más explícita).

Una de estas dimensiones es no solo la atrocidad de la represión llevada adelante por la dictadura, sino también la sistematicidad con la que se ejecutó el plan de genocidio. Es importante este punto, ya que otras películas no habían logrado trascender el “hecho” de la represión en sí mismo (la tortura, la desaparición, el asesinato) y porque sigue siendo un punto central en la argumentación que permite definir a la dictadura como un terrorismo de estado (y un antídoto ante cualquier vieja y nueva teoría de los dos demonios que se quiera esgrimir).

La segunda dimensión interesante que aporta es la inexistencia de una autocrítica por parte de las fuerzas armadas frente a lo evidente de su accionar. Instalar este punto es interesante, ya que permite trazar un puente para abordar y comprender gran parte de los condicionamientos con los que nace y se construye la nueva democracia al contener en su interior fuerzas e ideologías políticas ultraconservadoras que (aún hoy) siguen sosteniendo la legitimidad de la represión militar y de las salidas represivas y violentas en democracia. En este mismo sentido juega el rol legitimador (y fascista) de la clase media argentina que la película instala a través de la figura de la madre de Moreno Ocampo. La actualidad de estos dos puntos de debate es tan abrumador como preocupante

Un tercer punto interesante que propone la película es el plantear que la democracia no es algo ya ganado, sino una construcción constante que es tensionada permanentemente y que requiere de la Memoria, la Verdad y la Justicia como un pilar fundamental. Esta es una puerta abierta que deja la película (de la misma manera que queda abierto el final) y que invita a preguntarse, y a bucear en la búsqueda de la comprensión, del post 1985; de los avances, retrocesos y condicionamientos que marcaron a nuestra democracia, del rol de las fuerzas políticas y de la sociedad civil organizada, de los nuevos mecanismos dependencia y control hegemónico del estado que nacen con el neoliberalismo, etc. Tarea compleja pero necesaria para avanzar en una nueva síntesis histórica.

En estrecha relación con este último punto, la película instala otra dimensión que es el rol de las “viejas y nuevas generaciones” en la construcción de la democracia que se viene (y porque no de la que nos toca construir en este agitado siglo XXI). De alguna manera, la película deja entrever cierta mirada dicotómica entre generaciones viejas “quemadas” y generaciones nuevas “vírgenes” más predispuesta y habilitadas para una construcción democrática. Sabemos que el maniqueísmo y la simplificación no son buenos acompañantes para comprender los procesos históricos tanto como que no existen generaciones puras ni limpias. Cada generación vive las contradicciones y condicionamientos de su tiempo y hace con eso lo que puede. En definitiva, las ideas, propuestas o caminos que construye cada generación no dejan de ser válidas por el solo paso del tiempo sino por su perdida de falta de respuesta a los problemas y situaciones reales (que también van cambiando de generación en generación). No es un tema menor profundizar en este debate, ya que es una tendencia siempre presente (sobre todo por las fuerzas que impugnan a la democracia por derecha) el plantear la virginidad o legitimidad de las nuevas generaciones por el solo hecho de no estar contaminadas por las ideas y prácticas de quienes los precedieron.

Quizás el punto más cuestionado por las críticas que recibió la película, en términos de los “olvidos” en los que cayó, tiene que ver con el lugar que se le asigna al radicalismo (o más precisamente Alfonsín y al sector progresista que el representaba) en la motorización y generación de las condiciones que hicieron posible que se lleve a cabo el juicio, como así también al rol del peronismo en la construcción del aparato represivo previo la dictadura.

De alguna manera la película decide sobrevolar tibiamente por ambas dimensiones pero no sin dejar planteada, o con posibilidades de ser planteada, la contradicción que atraviesa a cada una las dos fuerzas políticas.

Evidentemente el radicalismo puede vanagloriarse de haber sido el gobierno que llevo al banquillo a las juntas militares (proceso de trascendencia jurídica mundial), como así también de haber luchado armas en mano, a principios del siglo XX, para lograr la ley de voto secreto, universal y obligatorio que hoy sigue sosteniendo a nuestro sistema político. Estos dos hitos históricos aportaron tanto la construcción de nuestra democracia, como aportó el estado social del peronismo con su política de ampliación e igualdad y de derechos. Pero si de democracia se trata, esto de lo que estamos hablando e intentando construir día a día tendremos que hacer el esfuerzo de asumir la historia completa, con sus contradicciones y oscuridades. El radicalismo deberá hacerse cargo, entre otras cosas, de los fusilamientos en la Patagonia, de la teoría de los dos demonios y de las leyes de obediencia debida y punto final tanto como el peronismo deberá hacerlo de Ezeiza, de la triple A, del pacto sindical-militar denunciado por Alfonsín y de las leyes de impunidad. La izquierda del coqueteo constante con la violencia y el liberalismo de su aprecio histórico y patológico con políticas de muerte, exclusión y exterminio.

Cuánto de cada de una de estas líneas de acción fueron resultado de la convicción propia de cada fuerza política, cuánto producto de la correlación de fuerzas de cada momento y cuál es el balance que dejó cada una para el avance y el retroceso de la democracia son todavía motivo de debate. Avanzar en estos debates es una condición para poder generar nuevos consensos políticos y construir el “nunca más” del Siglo XXI.

Podríamos decir que no haber profundizado en estas últimas dimensiones centrales de nuestra historia son las omisiones más evidentes de la película, pero caeríamos en la trampa de criticar a algo por lo que no es.

Al fin y al cabo, vale recordarlo, una película no es la fuente de la veracidad histórica, 1985 no es Underground y Santiago Mitre no es Kusturica.

Por Pablo Blank (Movimiento Campesino de Córdoba)