Rebord, Berco, la comunicación popular y la moral progresista positivista

“Ciudad de las ideas donde paso alguna noche encerrado en el silencio de los mares

Si es que las palabras se las lleva el aire, que las mías se las lleve hasta tu calle”

Vicente Amigo

Algunas reflexiones sobre este pachakutiesco mundo y sus contradicciones, a falta de complementariedades, en el campo de los medios de desinformación profesional.

Por Tomás Astelarra | Ilustración: Nico “el dibiajante” Masllorens

Mis dos viejes son economistas. Cuando pase a la etapa de estudiar una carrera profesional (condición casi sine quanon para un pibe clase media alta porteña) io me inclinaba mas pa letras o mùsica, quizás periodismo. Pero medio que esas carreras no calificaban en mi familia. Eran de medio pelo. Mis viejes casi que me indicaron que si estudiaba economía me pagaban la mejor de las universidades, pero en caso contrario, más vale buscara laburo. Polácamente vago y perezoso (como cualquier pibe clase alta media porteña) me decidí por lo primero. Igual cada vez que mi viejo me llevaba en auto a la facu (prestigiosísima academia privada) le aclaraba que no iba a ser banquero. Tuve un pequeño paso por ongs, una escapada a intentar vivir en las montañas del sur y algunos trabajos en bares. Cuando me decidí por el periodismo un querido profe de la facu (prestigiosísimo académico) me pasó un contacto con el editor de economía de un importante medio hegemónico. No si antes hacerme la aclaración sobre su opinión acerca del periodismo: “Mirá, yo lo único que sé es de economía. Pero cada vez que leo la sección de economía de un diario, miente. Por ende supongo que en el resto de secciones de las que no sé, también me están mintiendo. Sólo leo la parte de deportes. Porque ahí si me interesa que me mientan”, me dijo Juan Pablo. Escribí un par de esporádicas notas como colaborador para ese diario poco antes de que un amigo economista de mi viejo me pasara un dato de un nuevo diario económico que andaba buscando profesionales de economía para hacer periodismo. Me pusieron a prueba un mes. A la semana uno de mis editores vino con mi nota en el importante medio hegemónico. Me dijo dos cosas: que por exclusividad de mi trabajo no podía escribir más en otro diarios. Y que era obvio que además de economía sabía escribir periodismo. Quedaba contratado.

En el diario había política, finanzas, internacionales, mucha economía, pero solo una página de cultura que salía una vez a la semana y estaba terciarizada. Pero descubrí una pequeña sección en la contratapa donde el jefe de redacción escribía de jazz y literatura. Me tomé el atrevimiento de escribir y entregar una nota para esa sección a la secretaria del jefe de redacción, una elegante joven clase media-alta periodista que había estudiado dicha profesión en una prestigiosísima academia privada. “Yo sé que estoy acá más que como periodista como economista, pero me gustaría si puedo escribir algunas cosas de cultura”, le dije. La elegante joven (con la que pronto trabaríamos una hermosa amistad) me advirtió: “El periodismo no es una profesión sino un oficio. Sino preguntale a Walsh”.

No contento con esa aclaración, de todas formas, se me ocurrió juntar mis ahorros e irme a estudiar periodismo al País Vasco. El profe era un viejo intelectual de gafas y ojos chiquitos y una eterno ardor en la cara que a veces transmutaba en borrachera mañanera. Un viejo artesano del oficio periodístico de las épocas donde tal cosa no se estudiaba en la universidad y era más bien refugio de escritores, curiosos, chamulleros y otros tipos de chantas. Donde, según él, se pasaba más tiempo en los bares que en las redacciones. “¿Donde sino va uno a conseguir la información”, dictaba cátedra el buen Florentino Martínez. A los quince días de clase, el maestro me apartó a un costado y me preguntó: “Pero usted ya ha trabajado en algún diario o revista”. “Si”, le aclaré. “¿Y entonces para que coño paga una universidad? Usté está aprobado. Si quiere no venga más”. Obviamente rechacé la oferta.

Volví a estas anécdotas mientras escuchaba radio en un celular cargado a batería solar en una ranchada o tatusera de monte en el Valle (científicamente el culis mundis). Fue al escuchar el comentario de Ale Berco sobre la entrevista que Tomás Rebord le hizo al ex montonero Fernando Vaca Narvaja (recomiendo la respuesta de Rebord en su programa MAGA). Economista y periodista por el que siento máxima afinidad, Berco una vez más deslizaba su costado centroproteño progrepositivista al denunciar la falta de repregunta de Rebord sobre la contraofensiva montonera y hacer una apología del “periodismo profesional”. Ejercicio (el del periodismo profesional), especulo de buena fe, que no le había dejado tiempo, seguramente, para ver la entrevista completa o, en todo caso, haber seguido el derrotero de estos programa de youtube llamados El Método, donde Rebord hace más de un año viene desarrollando entrevistas sin tiempo límite (algunas de tres horas y yapa) donde, a mi entender, el “no periodista” Rebord alcanza la máxima aspiración de un periodista según García Márquez: “hacer invisible el grabador”.

Con una humanidad y humildad admirable Rebord pasea a una diversidad misteriosa de personajes (que van de Carlos Maslatón a Jorge Altamira o de Mario Pergolini a Santi Maratea) sobre preguntas dizque inocentes que profundizan en su vida, su relación con las cosas y las gentes, su oficio o ideología, de tal manera que lo más probable es que ese personaje que ex-ante te caía pal orto, ex-post te parezca al menos un buen tipo. A mi entender Rebord no solo bucea en las profundidades del alma encapsulada en esta sociedad efímera de consumo capitalista, sino que también ejerce el derecho a la sana diferencia en pacífica convivencia, desmoronando la certeza positivista del bien o el mal (científicamente comprobado). Todo lo contrario a esa supuesta (y a mi entender funesta) objetividad profesional de los coreacentristas Tenembaum u O Donell (que conviven al igual que las publicidades de criminales multinacionales en la radio en la que profesionalmente trabaja Berco). Desde estas periferias solo la calma del monte y montañas vallunas contienen la indignación de ese Dios de la información que atiende en Buenos Aires y en los privilegios del profesionalismo urbano bien pago se mueve con soberbia destreza desconociendo los caminos que transita el dichoso pueblo (como por ejemplo la construcción de una economía popular que ignoran, cual si se tratara de física cuántica, aún los más avezados y bienpensantes comunicadores progreporteños). Como en una reciente entrevista para la Luna con Gatillo confesó el sociólogo boliviano Jorge Viaña acerca de los militantes populares devenidos en funcionaries públicos progresistas, la jaula de oro capitalista, aún en su perfil zurdotroskista, aparta a los comunicadores del devenir cotidiano de las calles y otras periferias, desconociendo el privilegio, la trampa y la extrema violencia oculta en las colorinches cajas del consumo global. El capitalismo, en la soberbia de su triunfo sobre almas, paradigmas y culturas, les deja a algunes poques seres ser ecologistas, feministas, homosexuales, “de color”, “originarios”, “solidarios” y otras virtudes, a costa de ser eso: ser poquites. Dicha soberbia, y una dizque falta de presupuesto o precarización del trabajo periodístico, exime a esos periodistas de consultar las fuentes populares. Nunca un movilero o corresponsal reflejando el trabajo de las ollas populares, la cooperativas textiles, las huertas agroecológicas, las voces de abajo a la izquierda (certera periferia). Mucho menos consultar a los miles de comunicadores populares que por dos mangos y con condiciones técnicas de extrema precariedad habitan los territorios dando voz a las poetizas populares con un parlante que se pierde difuso entre las grandes estructuras de amplificación del poder mediático hegemónico financiado por el estado. Aún en tiempos de cruenta estigmatización, judicialización, criminalización y precariedad de las clases populares que dizque dicen defender.

Sin ser tonto ni desinformado (según Berco tampoco periodista) Rebord no subestima ni a sus entrevistades ni a su público, genera el tiempo y espacio para que los personajes se desnuden, con sus buenas y malas, verdades y mentiras, soberbias y humildades. Poco me importa si alguien considera a eso periodismo. Al menos es una gran herramienta social y cultural en estos tiempos de certezas científicas contradictorias con la evidente debacle civilizatoria del capitalismo (que hace producto cualesquier cosita). Rebord deja decir a Vaca Narvaja lo que valientemente declara más allá de las apariencias de una sociedad que juzga a guerrilleros de los setentas pero no a los rociadores de cáncer en las niñeces del campo. “Nosotres éramos guerrilleros, obvio que iba a haber muertos. Cualquiera lo sabía”, traduzco las declaraciones de Vaca Narvaja enmarcadas en el contexto de una cuarta guerra mundial sobre las pueblas donde mi amigo, el líder indígena colombiano Chucho Yalanda, una vez me confesó que había tenido diez hijes porque cinco se los iban a matar el ejército, la guerrilla o los paramilitares, pero otros cinco iban a seguir resistiendo en la tierra (Pachamama). Un contexto que muchas veces ignoran los candorosos progresistas porteños que se horrorizan por los muertos de Bolivia en la resistencia al reciente golpe de estado, cuando en el subyugado país la historia marca en las curtidas pieles esa criminal estadística que dice que en esta sangrante presente globalizado, los pobres se mueren más fácil. Y como la vida individual es tan valiosa como la de la comunidad o la de la Madre Tierra, los papachos y mamitas también saben históricamente que para hacer una revolución, siempre hay que poner muertos. Por eso los muertos se honran y no se temen. Después algún contador o científico social especulará si hay uno, dos, tres o mil demonios. O quizás, como alguna vez definieron las cumpas zapatistas, una hidra capitalista que nos aprisiona con sus tentáculos por más que no nos creamos parte o cómplices de este bendito descalabro mundial.