CRÍTICA DE CINE

Quemesé después de leerse

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Parte de la crítica internacional considera a Oppenheimer como la mejor película de Christopher Nolan, realizador de Interestelar y El origen. Su humilde servidor lo pone en duda.

Por Lea Ross

Objetivamente, el tiempo es lo más irreversible. Desde la subjetividad, eso siempre puede replantearse. Chistopher Nolan lo sabe, y eso le resulta pertinente para aficionarse en la ciencia ficción (El origen, Interestelar y Tenet) o en thrillers que enfocan la fragilidad de nuestras mentes (Memento, Insomnia y la saga de Batman: El caballero de la noche). En Oppenheimer, su biopic épico sobre el “padre de la bomba atómica”, es una obsesión y una inquietud atravesada de manera perpendicular. El miedo a una devastación por la carrera armamentística atómica siempre reflota ante cada tensión bélica. J. Robert Oppenheimer, el físico compulsivo por el movimiento de las partículas y las fuerzas del universo, dispuesta a generar estrellas y agujeros negros, tenía la suficiente fineza como para ejercer lo imaginable en la conversión de la materia en energía. Nunca se olvida que la misma es el producto de la masa por la velocidad de la la luz al cuadrado.

En ese lenguaje algebráico, Nolan recurre a su obtuso esquema narrativo, donde los saltos temporales ya no dimensionan el ensanche de la elipsis. Incluso se amontona con la dudosa efectividad de dividir los momentos en color y blanco y negro (bajo el nombre de “Fisión” y “Fusión”). En esa vorágine intertemporal, nuevamente el presente se hace eterno, y no hay pasado ni futuro. Hay pocos momentos de intriga, como la misteriosa charla entre el protagonista y Albert Einstein, y otras que dan vergüenza ajena, como los fugaces inserts para explicarnos de quién hablan cuando mencionan a alguien. Ciertas ideas logran sintetizarse en una oración. “No quiero que tres siglos de física moderna terminen por destruir a la humanidad”, dirá uno de los preocupados científicos. Pero al director siempre le ha costado lograr un equilibrio entre el ingenio y la sensibilidad de la textura visual, siempre tolerante ante el espesor de una banda sonora de alta densidad. Una importante excepción ha sido Dunkerque, que casualmente también transcurre en la Segunda Guerra Mundial. Pero al percatarse de sus límites creativos, no resulta sorpresivo que opte por un envidiable elenco, donde quienes lo integran (Cillian Murphy, Robert Downey Jr., Matt Damon, Gary Oldman, etc., más que nada masculinos) siempre tendrán su propio primer plano que los obliga a dar lo que tengan para poner el rostro sobre la supuesta multidimensionalidad que la trama nos promete.

Pero el debate ético y moral que nos promete la película se eclipsa ante otro dilema más involuntario. Enfoquémonos en la comentada secuencia de la prueba Trinity, es decir, cuando se ejecuta de manera experimental la bomba atómica. En el avance de la cuenta regresiva, todo el personal, con antiparras puestas, se prepara para contemplar el momento pirotécnico. La ascendente escala musical hace que el montaje sea consciente de que tantos planos cortos no alcanzan para elevar la tensión, y más cuando se requiere advertir la desincronización audiovisual que genera la explosión. Es decir: en el momento del estallido, el silencio es lo que prevalece, ante el retardo del registro sonoro. La descomunal inversión de producción para recrear esa explosión no solo no logra alcanzar la dimensión del espanto, sino que incluso se vuelve cenizas cuando vemos que sí se utilizó efectos de computadora para representar el posible riesgo de la expansión de la radioactividad, mediante el choque de átomos en nuestra atmósfera. Nuevamente, lo magnánimo no abarca lo horrorífico.

La persistencia de Nolan de que tanto personajes como espectadores sean testigos de esa explosión tiene como contracara un plano efímero, donde el protagonista, en escasos segundos, permanece sentado en una sala cerrada para contemplar una proyección de fotos sobre las secuelas que quedaron en Hiroshima y Nagasaki, exponiendo una ligera mueca de espanto. Que las imagenes queden en fuera de cuadro, más el peso mismo de ese momento en contraposición a la labor emprendida sobre aquella larga secuencia, mantiene una definición estética y ética más de comodidad que de lo opuesto.

Por supuesto que el morbo no es lo plausible. Pero no hay un salvataje cuando advertimos que el director de Memento, habituado a que cada uno de sus planos se limiten solo a ser un ducto para brindar un dato que estipula el guion, advierte tener poco vuelo lírico para llegar a su fuego. Mucho craneo para un lado del hemisferio. En un momento, el costado paranoico de Oppenheimer lo lleva a contemplar un falso bombardeo, donde su público aplaudidor no se inmuta en su piel quemada y derretida como cera caliente. Pero lo realmente bochornoso es cuando casi ocurre lo mismo durante su interrogatorio, con preguntas punzantes que lo acusan de comunista. Comparar eso con el peor padecimiento que acarreó el pueblo asiático son los límites que nos ofrece la racionalidad anglosajona, oculta tras un legítimo temor universal.