LITERATURA Y FILOSOFÍA

Perlongher- Baigorria: epistolario plebeyo

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Un barroco de trinchera (Blatt & Ríos ediciones), el libro con la correspondencia que Osvaldo Baigorria y Néstor Perlongher mantuvieron entre 1977 y 1986, ésta semana en la sección Libros y Alpargatas de La Luna con Gatillo.

Por Mariano Pacheco

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El libro también podría titularse Cartas del terror o Correspondencia del horror, ya que Un barroco de trinchera, publicado por Blatt & Ríos ediciones, reúne las 26 cartas que Néstor Perlongher le envía a Osvaldo Baigorria entre 1977 y 1986 (4 en el 77; 3 en el 78; 5 en el 79; 2 en el 80; 3 en el 81; 1 en el 82; 1 en el 83; 4 en el 84; 1 en el 85 y 2 en el 86), y que éste compila e introduce, reponiendo un poco el contexto de ambas vidas en esos años, y el porqué de la ausencia de las cartas que él mismo le envió al ensayista, poeta y militante. Esos título harían honor al modo en que Perlongher lee políticamente ese período, que incluye siete años de dictadura y tres de “democracia”, y las comillas vienen a cuento de que todo lo que podemos leer de los años 84, 85 y 86 en las cartas expresan más bien una sensibilidad más cercana a la caracterización de “posdictadura” del período, en el que prima una suerte de “demo-razzia” que sigue sosteniendo una represión contra los modos disidentes de vida. Pero esos otros títulos que imaginaba como posibles, no harían honor a la poética de Perlongher, a sus modos jocosos incluso de narrar la adversidad, y sus formas de referirse a sus amigos (Baigorria aclara que, por momentos, las cartas van dirigidas simultáneamente a él –“Dear Osw”; “Oswald”; “Darling  Osw”; “Saudoso Osw” o “Hermano Ártic”– y a una de sus parejas de entonces, a quien Perlongher llama “Concha de los Milagros”, “Milu” o “Miluz”), o incluso al modo en que encabeza los textos (“Le Tableau, Parti du la Massacre”) y los firma (“Rosa”), en referencia irónica de La Tablada, partido de La Matanza y reivindicatoria de la revolucionaria alemana Luxemburgo.

La correspondencia abarca los años en que se lleva adelante en el país un verdadero Proceso de Reorganización Nacional. Por eso Perlongher da cuenta, primero, del trabajo de duelo (en relación a los agitados días de los años anteriores, donde bohemia y activismo se intersectaban en propuesta de liberación sexual, justicia social y emancipación nacional como las que promovía el Frente de Liberación Homosexual que integró y parió junto a quienes buscaban llevar adelante en un mismo movimiento los términos de deseo y revolución) y, luego, de lo que implica laburar y alquilar en el contexto de la dictadura, amén de la represión y la censura. Por eso en esas primeras cartas podemos leer expresiones tales como “un país tan castigado por tormentas no precisamente meteorológicas”, cuando se refiere a la Argentina, o declaraciones tales como “es que vivo una vida muy vacía, sin sentidos, sin alegrías, todos paranoicos”. Perlongher comenta a sus amigos que nunca en su vida trabajó tanto, y que sin embrago, lo que gana apenas le alcanza para pagar el alquiler de la casa en la que vive, y la comida diaria que consume. Pobreza material y espiritual, económica y simbólica: “todo lo interesante prácticamente se ha perdido; lo mejor –la noche de los bares del centro, lo más lindo de Baires– ha desaparecido…”.

Luego de ese hartazgo de los primeros años de vida en el país del terror, en los que trabajó por largas mañanas como Asistente social en el ámbito escolar, y por interminables tardes como encuestador, viajando por largas horas entre un sitio y otro y su hogar en el conurbano, cansado de cuestiones tan elementales como no poder sostener una correspondencia sin que fuera interceptada por el aparato de censura militar (o episodios más graves como ser juzgado tras haber sido encontrado en su casa consumiendo drogas con un amigo menor de edad), Perlongher –según deja entrever en la correspondencia– siente que su vida se ha marchitado, a pesar de que para entonces aún no ha cumplido ni 30 años  (“estoy en un país subdesarrollado: vivir en la Matanza me restó 5 años de vida”, comenta en una de las cartas). No parece haber fututo en la Argentina, ni siquiera trabajando duro (algo que aprenderíamos rápidamente quienes vinimos después): “mis proyectos de viajar a Europa deberán postergarse debido a que no me han pagado gran parte del dinero ganado con el sudor de mis biromes. La crisis viene pesada. Cierran las empresas pequeñas; y las grandes también”, escribe en octubre de 1980.

Entonces el marchar se impone, dejar atrás la patria (“parto, harto”). Descubrir el “Brasil menor” y su inserción en la universidad, al ritmo de investigaciones sobre la prostitución masculina que se entremezclan con sus producciones poéticas (entre ellas los “provocadores” versos sobre Malvinas). Los papeles no son eternos, así que pronto volverá al ritmo de una existencia que se abisma en sobrevivir, oscilando entre la precariedad de trabajar como extranjero ya sin papales y la tramitación de documentos a riesgo de caer bajo las garras de la dictadura militar argentina. Persistir es resistir, parece decirse Perlongher, así que se dispone a lidiar luego con la “burocracia del saber”. Escribe desde San Pablo, en agosto de 1983: “mi proyecto de escribir sobre Lezama se estira acampanadamente. Tengo que hacer un proyecto de tesis, es un parto: la universidad, por muy liberal que parezca, te absorbe mucho, castra, lava la cabeza, tiene adjunta una peluquería con sacerdotes tubulares que hacen saltar las córneas y ver todo sesgado”.

Por último, las cartas de los años de la “euforia moderada” (1984-1986). La lucidez de Perlongher: “todo indica que el aparato policíaco-militar está intacto”. Hay libertad de expresión pero coexiste con el miedo y la paranoia (“pozos azules”, los llama). Hay micro y autocensura, diagnostica. Y en lo sexual: “¡no hay destape!”. La democracia es “superficial”. La madriguera se tapona, dirían Gilles Deleuze y Félix Guattari, a quien tanto Baigorria como Perlongher han leído y citado a menudo, aunque no esta frase de Kafka, para una literatura menor. Pero bien podrían haberla mencionado, ya que al fin y al cabo, lo que aparece en las últimas páginas de este libro de correspondencia, es –valga la redundancia– la ausencia de correspondencia entre la lucha en el frente del deseo y la lucha en el frente de las clases, porque en la democracia de la derrota, lo que ha sido aplastado –y Perlongher detecta con lucidez– es el deseo de revolución. Frente a ese cuadro Rosa alza su voz, para pintar de rosa la patria azulada de los uniformes que aún se sostienen, ordenando la subjetividad democrática.