LITERATURA Y FILOSOFÍA

Oliva: una batalla poética para una ética del futuro

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Esta semana en la sección Libros y Alpargatas la poesía completa de Aldo Oliva, docente e intelectual rosarino, publicada por la Editorial Municipal de esa misma ciudad.

Por Mariano Pacheco

Este texto es apenas una glosa que recupera el modo en que Roberto García presenta al libro Aldo Oliva. Poesía completa, publicado por la Editorial Municipal de Rosario. Un poco porque este cronista, lector apasionado de poesía, no escribe sin embargo textos críticos sobre este registro de la literatura, y otro poco poque considera que se hace difícil acercarse a la obra del poeta, docente e intelectual rosarino sin tener en cuenta el trabajo de difusión y presentación que ha realizado el también escritor, docente e intelectual militante, Roberto García, que entre otras iniciativas cuenta con la fundación de la Escuela de Literatura Autogestiva Aldo F. Oliva al interior de un espacio cooperativo (Almacén El Trocadero) que sostiene una importante presencia política y cultural en la ciudad. “La ética del futuro”, escrita por García a modo de prólogo de esta edición, bien podría funcionar como un breve pero profundo libro aparte, ya que combina una recuperación de la trayectoria biográfica el poeta, análisis y crítica de la obra literaria y unas notas aclaratorias de aguda erudición.

Aldo Oliva, nos cuenta Roberto García, publicó su primer libro en 1986, cuando contaba con 59 años. De allí, y hasta el 2000, publicaría varios libros más. Aunque su proceso de escritura se remonta a varios años antes, incluso contando entre sus apuestas un trabajo de escritura no poético previo, El fusilamiento de Pemina, editado por el emprendimiento barrial autónomo de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, libro desaparecido durante mucho tiempo, ya que su publicación coincidió con el golpe del 24 de marzo de 1976 (que hizo de la “desaparición forzada” una metodología sistemática para transformar a toda la Argentina en un gran Centro Clandestino de Detención). Allí recupera la historia del obrero anarquista Joaquín Penina, encarcelado junto a dos de sus compañeros, asesinado dos años después de su detención, según pudo saberse mucho tiempo después gracias al proceso de investigación.

Casi todos los poemas, se nos cuenta en el prólogo del libro, fueron escritos mientras Oliva sostenía su trabajo como docente universitario, mientras preparaba sus clases o charlas leyendo y tomando nota sobre las obras de Quevedo, Montale, Baudelaire, Lugones, Voltaire, Ibsen, Balzac, Macedonio Fernández, Rivera, Vallejo, Nerval, Darío, Pound. “¿Qué papel cumplían esos textos asumidos luego en la oralidad, en el espacio del aula o del boliche?”, se pregunta retóricamente García, para luego responder: “incentivar en el auditorio a no leer crédulos `lo enunciado´ dentro del cristal de la institución de la lengua”. Ni leer petrificados los enunciados del poder que jamás abandona el intento de imponer discursos pretendidamente inamovibles, se trate del poder que se trate (académico, judicial, periodístico)”.

Entre fines de los cincuenta e inicios de los sesenta Oliva había pertenecido a esa fracción de personas que se formaron en la “universidad marxista y paralela” que funcionaba en las mesas del rosarino bar Ehret, sobre la calle Santa Fe, casi Reconquista, y junto a Susana Fiorito, José “Pico” Vazeilles e Ismael Viñas, formó parte de la redacción del periódico del MaLeNa, el Movimiento de Liberación Nacional que apostó por la gestación de una nueva izquierda en Argentina; experiencia que acompañó hasta 1966. Una década después abandonó el país.

El poeta regresó a la Argentina una vez que los militares se retiraron a los cuarteles y el país comenzó a ser gobernado por Raúl Alfonsín. Entonces aterrizó en la Universidad Nacional de Rosario para sumarse a la reorganización de las Cátedras de Literatura Argentina, Española, Europea, Contemporánea y el dictado de un Seminario de Literatura Argentina en la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades y Arte (ingresar para “corromper la academia”). “Oliva irrumpe y conecta la grandeza crítica de la Facultad de Filosofía y Letras del 60 con la emergencia de una generación ralentizada durante la dictadura militar. Fue la exhumación de una derrota”, puede leerse en el prólogo del libro, en el que se nos cuenta asimismo que, si bien había ingresado a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1945, aprovechando una posibilidad de traslado que le ofreció el Correo, donde trabajaba (año del 17 de octubre, que el poeta presenció de cuerpo presente), fue recién en 1976 que obtuvo su título, casi como tramitando los papeles para su exilio europeo. Es por eso que recién en 1984 inicia su carrera docente y, tiempo después, el ciclo de década y media en que se publican sus libros de poesía.

A inicios del 2000 Oliva es internado en un psiquiátrico, tras padecer una crisis por abstinencia de alcohol. Poco después le diagnosticaron un tumor y murió en octubre de ese año. El alcohol lo había acompañado durante décadas. García destaca que ayudándolo a consumar más un efecto que un placer: el de “diluir el tiempo en un presente endurecido”, en el que las heridas se anestesian sin por eso dejar de constituirse en aperturas “hacia las profundidades del alma”

Dos años después, rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001 mediante, apareció un libro suyo bajo el nombre de La batalla. Poemas inéditos. Poemas últimos: 1978/2000, en cuya portada puede verse la foto de un joven que protagoniza el mayo del 68 en Francia, arrojando una piedra. ¿Un arma cargada de futuro? “El arte es siempre un túnel abierto hacia el futuro, inventando en el presente los caminos que terminarán por desplegarse más tarde”, apunta García. Y agrega: “el arte es un proceso sin finalidad, que produce en su deriva un camino a lo abierto”.

Algo de todo eso está presente en la obra literaria de Oliva, quien en uno de sus poemas escribe “Entonces decidí dar la batalla”