Negras, ambientalistas, rubios y empresarios en tiempos de Pachakuti

Algunas reflexiones más acerca del encuentro entre Grabois y Grobocopatel en la UNC. Debates más complejos que una pregunta de cinco minutos de un profesor universitario.

Por Tomás Astelarra | Ilustración: @nico_mezca

El encuentro entre el dirigente del MTE-UTEP Juan Grabois y el empresario Gustavo Grobocopatel en un panel del segundo Encuentro Nacional de la Red de Intercambio Técnico con la Economía Popular (Ritep), realizado en la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), generó un montón de comentarios y reflexiones. La gran mayoría basados en un pequeño video de 5 minutos donde un docente le hace una pregunta a Grabois aludiendo a un supuesto “Plan A” (que el dirigente había utilizado como chanza al final de la intervención) y calificando de “sociedad” su encuentro con el empresario (Grobocopatel).

La pregunta despierta la ira del dirigente que, hay que decirlo, hizo gala de una parte de su personalidad que no suele ser agradable: agrandado, chicanero, bien porteño, perdiendo toda posibilidad de encuentro con el compañero y su reflexión o aporte al debate (en representación de muches que piensan lo mismo).

En mi opinión la pregunta del compañero docente, que también es agrandada y chicanera, contiene un montón de microviolencias encubiertas de un mundo intelectual o incluso militante que se pretende impoluto en un mundo cada vez más embarrado. A veces cuando todes agarramos la pala es menos tenso discutir ideas.

Tomando la imagen de hidra capitalista que nos brindaron las cumpas zapatistas, sin conocer al compañero docente, arrancaría por casi asegurar que las instituciones que le paga su sueldo (la universidad o el Conicet) tiene consabidas complicidades con el agronegocio y otros poderes fácticos. Y que sería bueno identificar sus patrones de consumo pa ver cual es su aporte real al conglomerado multinacional del capitalismo necrófilo que monopoliza nuestras vidas indefectiblemente neoliberales.

En ambos casos se estaría privilegiando el árbol y no el bosque. El mensajero y no el mensaje. Y sobre todo dejando de lado al personaje cuya presencia en ese ámbito resulta más curiosa y por ende productiva (ya que de eso hablaba la charla): el empresario.

Grobocopatel observó impávido el debate entre el dirigente y el docente, entre el ambientalismo y la economía popular. No debe ser la primera vez que el empresario observa a alguien decirle que produce venenos y está arruinando el planeta. Ni que ve a gente peléandose por una idea. Ya venía hace rato tragándose como un duque las chicanas de Grabois que varias veces le dijo “cheto” con diferentes acepciones. Evidentemente sus respuestas no fueron las mismas que si hubiera estado en un coloquio empresarial. Taba claramente jugando de visitante. La disputa entre el docente y grabois casi que lo sacó de un brete. La respuesta de Grabois, más allá de su violencia, recibió fuertes aplausos de un auditorio colmado de representantes de los movimientos populares. Salvo una posterior pregunta, el debate siguió en caminos de respeto e intercambio de opiniones (no siempre convergentes). Era más fácil discutir lo posible que lo imposible.

Cuestión de tiempo y espacio

El debate completo dura más de una hora y media. Es de una profunda riqueza. En los primeros veinte minutos, Grabois plantea una posición clara frente a la situación del país y el mundo en que vivimos, el avance del negocio sojero sobre los bosque y montes, las tierras de comunidades indígenas y campesinas que van perdiendo su calidad de vida. Plantea que si estas “externalidades” se incluyen en la ecuación de productividad del agronegocio, el resultado es más bien pobre. Describe y plantea el camino de la economía popular como propuesta y respuesta donde la productividad también puede medirse en términos de felicidad. Al menos para este cronista, su inmenso trabajo desde abajo, su papel en la articulación de las grandes mayorías en la UTEP, su pedagógica batalla en los medios hegemónicos de comunicación y otras virtudes, lejos están de ser descartadas por un momento de calentura, cierto carácter agrandado, o algunas contradicciones propias de una construcción amplia dentro de la economía popular (donde a veces se ve la superficie o ciertas acciones mediáticas y no las diversas construcciones desde abajo a donde este dirigente hace sus aportes). De hecho, en su viaje a Córdoba, ocupó mucho más tiempo en la visita a territorios y propuestas para ese otro mundo posible (como Villa Ciudad Parque o el Refugio Libertad) que en el debate en la UNC con un empresario y una centena de personas.

El encuentro entre Grabois y Grobocopatel (que es mucho anterior a este debate) implica un sinfín de preguntas sin respuestas que hablan de una complementariedad demasiado necesaria en estos tiempos de pachakuti o crisis civilizatoria. Grabois, que hace tiempo es demonio de la prensa empresaria hegemónica, juega ahora como demonio para grupos ambientalistas y de la izquierda tradicional (por llamarlos de alguna manera). Los memes estuvieron a la orden del día y la Prensa Obrera tituló el video de dos minutos “Grabois, a los besos con Grobocopatel y a los tomatazos con un docente”. Sin embargo, si en vez de dualidad se manejara el concepto andino de complementariedad (la grieta como oportunidad tal cual aconsejan las cumpas zapatistas), la posición del dirigente social (entre el empresario y cierta militancia) también puede verse como un puente. Como dijo el inefable Lea Ross en una entrevista con la Fabi Bringas: “como intelectual y periodista que ha estado en conflictos y acampes, y con un camino lejos de la academia, debo reconocer que a nivel discursivo lo que más se hegemoniza en el ambientalismo es el denuncialismo y falta una estructura mas rigurosa para solucionar eso que podemos llamar capitalismo o extractivismo, o lo que sea. Yo soy anarquista libertario de izquierda, ahora si vamos a las bochas hace un siglo que el anarquismo no está encabezando ninguna lucha social en la Argentina. Y eso me obliga a mi a tener que entablar cierto diálogo con algunas organizaciones de ideología distinta para poder visualizar cual es el camino a seguir a la hora de generar cambios”.

Empresarios

La paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio. Vivimos un mundo donde las grandes mayorías tienden políticamente a opciones de “derecha” que le prometen un bienestar individual sin cortes de ruta o “planeros”, pobres que “no quieren trabajar” (tal cual afirman los mismos funcionarios de este gobierno dizque popular), donde día a día se queman bosques y montes y la concentración de la riqueza avanza desproporcionadamente en medio de guerras y pandemias. Imposible no estar inmerso en este lodo por más esfuerzo que pongamos. Dentro de esta crisis civilizatoria cada vez se nombra más el concepto gramciano de “correlación de fuerzas” obviando su “batalla cultural” (una crítica política de la cultura). A veces la dualidades rico-pobre, amigo-enemigo, izquierda-derecha o el conflicto de clases, se diluye en tiempos de pachakuti. A veces se olvida que nacimos de un caos creador y que todo orden natural es subjetivo. Al menos así lo confirma la más avanzada ciencia positivista a través de la física cuántica. El objeto o experimento siempre es el resultado, de alguna manera del observador.

Mi nacimiento en una clase privilegiada y mis estudios en una universidad privada de élite me han permitido mantener relaciones de afecto con muchos empresarios o empleados de ese famoso 1% de la élite económica. Cuando volví de Colombia, después de haber estudiado en libros y territorios la complicidad entre empresas multinacionales y gobierno en las masacres paramilitares sobre las pueblas, las cenas con estos personajes eran un completo incordio donde solo hacía falta una Coca Cola en la mesa para que empezara a describir los asesinatos a miembros de Sinaltrainal y otros crímenes de lesa humanidad. Me volví un personaje poco agradable. El afecto hizo que siguiera en relación con algunas de estas amistades. El tiempo, bajando la calentura, con la mudanza al monte y la experiencia en diversas experiencias de la economía popular, me hizo compartir las charlas desde otro ángulo, más propositivo, más de propuesta que de protesta. Más: bueno…soy vegetariano pero si me ofreces un chorizo con tanto cariño…En vez de un intelectual amargado, mis amigues veían un militante lleno de carencias materiales pero con decenas de propuestas y esperanzas, cargando felicidad en su quehacer cotidiano. A base de relatos, informaciones, video de Grabois, pude convencerles de ciertas cosas. Elles también ven que este mundo así como está, se va al carajo.

De a poco comenzaron a tejer acciones concretas como buscar proveedores con estándares de cuidado ambiental, mejorar las condiciones de sus empleades, colaborar ad honoren con proyectos de la UTEP y otras iniciativas. En el verano me llamó una amiga que vive en Europa y ha hecho buena carrera en ongs de derechos humanos para decirme que estaba cansada de tanta cháchara y pocos resultados, que quería a través de mis contactos generar un fondo de inversión para proyectos reales de vuelta al campo (como por ejemplo el Refugio Libertad). Se entusiasmó con el Plan de Desarrollo Humano Integral que redactó un equipo de militantes e intelectuales de la economía popular hace un par de años bajo la iniciativa de Grabois (proyecto que tuvo mucho menos prensa que la andanada mediática con el campo de los Etchevere). El padre de otro amigo, capo en consultoría empresarial, se contactó conmigo para un proyecto de formación en cuestiones ambientales para asesores de empresas. Tiene la teoría de que es la mejor forma de convencer al empresariado de que tome cartas en el asunto este del cuidado del planeta. Desconocía que era la UTEP, la economía popular, y el inmenso trabajo de las cumpas cartoneras. Quedó de cara. Pude brindarle contactos.

En su columna en el programa de Futurock de Julia Mengolini, Ivan Schargrodsky habla bien de un empresario. Mengolini dice: “parece que tiene buen corazón”. El Pitu Salvatierra aclara: “No se si buen corazón. Entiende que impulsar los intereses de sus trabajadores es también impulsar sus intereses”. “Desde el surgimientos del kirchenrismo ciertos sectores empresarios sienten que tienen que interlocutar con sectores que piensan distinto. Y en esa interlocución en algún momento algo se capilariza. Pero yo veo que en algunos sectores del kirchnerismo se deslegitimiza a economistas que son consultores de empresas, como Álvarez Agis o Arceo, Se los critica o veta a la hora de sugerirlos en un cargo público diciendo que de tanta relación con empresarios empezaron a a pensar como ellos. ¿Y no les puede pasar al revés? ¿El universo popular está tan lleno de gente que es tan imbécil que no puede convencer a nadie? O como decía Truman: cuando no puedas convencer al menos confunde. Hay una lógica medio de negación o autosometimiento, en la cual, si mañana va cualquiera de nosotros a hablar con un empresario y salís y te sacas una foto, todos dicen: se vendió. Nunca puede ser al revés. Hay una lógica de inferioridad, de supuestos estándares éticos lamentables, de convicciones muy débiles, y un mundo intelectual de gente que apenas pareciera se pueden atar los cordones”, teoriza Schargrodsky.

“La sociedad tiene expectativa de que el empresario le resuelva los problemas. Esas expectativas están siendo defraudadas. Yo creo que somos todos responsables. Los empresarios vivimos las últimas décadas con una agenda que es: salvemos la empresa. Todos pensamos que somos parte del problema. Vivimos en una sociedad cada vez mas red y las representatividades son difusas. No existe una opinión única. Hay que escuchar voces a partir de ciertos liderazgos”, opinó Gustavo Grobocopatel en una entrevista a Tomás Rebord. Entrevista que, confieso, vi cinco minutos y abandoné por profundas diferencias que me causaban cierto dolor de estómago. Pero al decidir verla completa para esta nota pude encontrar profundas coincidencias que me aliviaron. Como por ejemplo esta: “Yo creo que hay cosas que hay que hacer más que discutir o hacer artículos. La deforestación me preocupa hace muchos años. Creo que hay que prohibirla, ni reducirla ni tolerarla. Si queremos solucionar el problema del hambre, podemos trabajar sobre la productividad y la tecnología sobre la tierra que hay, pero también reducir el desperdicio de alimentos. Se calcula que el 30% de los alimentos se desperdician”. Habría que discutir a que se refiere con productividad y tecnología (como hicieron Grabois y las cumpas de los movimientos sociales en la charla en la UNC). Pero quizá, como le sucedió a Grabois, lejos del personaje malvado del “rey de la soja”, io terminé viendo un ser afable, que cree en el arte como forma de consciencia y hace canto lírico, que prefiere el trabajo cooperativo, que no se declara antiperonista. Bastante bien pa arrancar el diálogo con un empresario sojero.

Al igual que mis amigues empresaries, Grobocopatel colabora con las organizaciones de la economía popular a través del grupo Argentina Armónica con tres proyectos pilotos en Moreno, Chivilcoy y Almirante Brown en los que buscan resolver los problemas comerciales, organizacionales y tecnológicos que deben enfrentar los productores de la agricultura familiar.

Intelectuales ambientalistas y otras yerbas gringas

La crisis civilizatoria que hoy vivimos se arrastra desde la revolución industrial hace unos 250 años, pero también desde la conquista de América hace 500, o la quema de brujas en la Edad Media, y hasta incluso del nacimiento de la agricultura hace 12.000 años. El movimiento de aldeas permaculturales reunidas en Inglaterra en los noventas parió el concepto de “economías en transición”. Los cambios que hoy requerimos para este mundo, más allá de lo agobiante de la realidad, no pueden ser hechos de la noche a la mañana. Necesitan, como las semillas, un gran proceso de maduración, donde es necesario, como en la tierra, la descomposición de la vieja vida que muere. Ese es parte del proceso de pachakuti del que hablan las abuelas andinas, y donde las posiciones rígidas (como la tierra seca) a veces obstaculizan el crecimiento de las semillas.

“En el proceso que venimos haciendo queda claro que la crisis no es solo ambiental sino socioambiental. Nos empezamos a involucrar en otras luchas mas estratégicas, para entender que reclamar por la crisis climática tiene que estar acompañado por otros reclamos sociales que llevan más tiempo. Entonces una de las reflexiones que se hizo es que se tiene que trabajar en conjunto con las organizaciones de la economía popular que vienen laburando hace bastante. Coordinar acciones inteligentes para lograr una transición a un país un poco mejor, más justo. Hay muchas posibilidades para generar esa injerencia en la legislación. Hay mucha gente muy copada dentro de todos los estados, desde los municipal a lo nacional, que también están haciendo su lucha interna en los diferentes frentes y partidos. Entonces es encontrarlos y ver como los ayudamos para que las políticas que queremos lleguen a buen puerto”, contaba el año pasado para la Luna con Gatillo Javi de Jóvenes por el Clima. “Venimos viendo la necesidad de intervenir en las peleas ambientales que se dan permanentemente en nuestro país, donde creemos que no hay que caer en una falsa contradicción entre el prohibicionismo o conservasionismo, que no deja desarrollar políticas productivas, y por otro lado un mercado que se autoregule o imponga condiciones, sobre todo cuando se trata de empresas multinacionales que tienen un poder económico mayor al que hoy tiene el estado argentino. Hay que proteger desde el estado los bienes comunes y ponerlos en función del interés nacional y no del saqueo que se produce con empresas multinacionales, solo dejando los dólares necesarios para que vuelvan a los centros del poder mundial a través del pago de la deuda o los giros de divisas”, explica Nahuel Beibe de la Corriente Nacional Martín Fierro. “Nosotros necesitamos que los pequeños productores de los cinturones hortícolas tengan acceso a la tierra. Hay 50.000 productores que alquilan sus campos, viven en taperas porque los dueños de la tierra no los dejan construir, trabajan de sol a sol sin ganar un mango, y son los que nos dan la fruta y verdura. Para eso nosotros necesitamos el apoyo de algún que otro diputado del Pro, los radicales, los del interbloque federal, los empresarios del agronegocio… Porque a los nuestros ya los tenemos convencidos. Eso se llama política. Si tenes que acordar con los que están convencidos de las mismas ideas que vos, eso no es hacer política. Sino es constantemente un denuncismo propagandístico y no logras ningún resultado. Y a nosotros nos interesa solucionar el problema de los compañeros. Y cuando negocio algo lo hago de cara al pueblo, como cuando tuve que negociar con el gobierno de Macri la ley de barrios populares. Hay un sistema tóxico, no es un problema moral de las personas. Yo no tengo odio personal con nadie. Yo respondo a los intereses de un sector en particular. A veces me paso de rosca, puedo maltratar a alguno, me equivoco todo el tiempo con las palabras, tengo aciertos y tengo errores, pero siempre estoy pensando como resolver los problemas concretos de los pequeños productores, comunidades campesinas, los pueblos originarios y los trabajadores de la economía popular”, explica en C5N Grabois, ex “socio” de Carolina Stanley o Pepín Rodríguez Simón, entre otres.

El encuentro entre Grabois y Grobocopatel en la UNC volvió a hacer circular por las redes y ciertos círculos intelectuales o académicos vinculados al ambientalismo la palabra de Jorge Rulli. Su reciente libro “Semillas para la nueva Consciencia” (Editorial Econautas) es un compendio de ensayos del histórico militante peronista. Pero sobre todo un compendio de filosas críticas, en su mayoría certeras, que sin embargo, como dice Lea Ross, no han sabido construir una alternativa. Con más de veinte años de historia, su Grupo de Reflexión Rural, no ha podido mostrar proyectos masivos y concretos de trasformación, de la misma manera que la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC) fue perdiendo la oportunidad de una articulación de luchas (ni hablar de propuestas) socioambientales a nivel nacional. Lentamente se fue transformando en un compendio de lamentaciones sin solución, más cerca de la culpa occidental judeocristiana y el concepto deterministas de apocalípsis como fin del mundo, que de una renovación orgánica, de un caos creativo, que planteas las pueblas ancestrales a través del concepto de pachakuti.

Al contrario de los feminismos y la economía popular, el movimiento ambiental no ha podido alcanzar articulaciones nacionales que sean capaces de realizar grandes manifestaciones que a su vez incidan en leyes o incluso cargos públicos. Las batallas suelen ser efectivas a nivel de ciertos territorios para frenar proyectos extractivistas. Incluso pueden alcanzar una masividad provincial como en el caso de la Ley de Bosques en Córdoba, la defensa del agua en Mendoza, o contra la minería en Chubut. Pero luego estas fuerzas se diluyen y las organizaciones ambientales suelen reducirse a un pequeño grupo de militantes (muchas veces con feroces internas). Si bien existen ejemplos de lo contrario (la entrevista de la semana pasada en La Luna con Gatillo con la militante del Paren de Fumigar y hoy directora de Ambiente y Bienes Comunes de Villa Ciudad Parque, Luciano Moreno, así lo confirman) la mayoría de las experiencias dentro del ambientalismo no han logrado pasar de la protesta a la propuesta, como si supieron las poetizas populares de la UTEP, que la semana pasada marcharon en conmemoración del 1 de mayo exigiendo, entre otras cosas, por la ley de captura de las rentas extraordinarias y del pago de la deuda externa por parte de quienes fugaron el dinero del país, por un salario básico universal, por el acceso a la tierra y la protección de zonas estratégicas de soberanía alimentaria, el reconocimiento de las promotoras de género y de las tareas de cuidado comunitario, la creación de viviendas nuevas e infraestructura social básica para los barrios, crédito para la agricultura familiar y la economía popular, la protección de la pesca artesanal, la promoción integral del reciclado, la protección de humedales, la legalización de la venta ambulante, la defensa de la propiedad comunitaria de los pueblos originarios y el reclamo de prórroga de la Ley de Barrios Populares que prohíbe los desalojos. La mayoría reivindicaciones socioambientales. No solo son un montón en las calles, también tienen funcionaries, diputades y dirigentes como Juan Grabois con capacidad de negociar con los poderosos para que pueden hacer posibles sus reclamos. También tienen miles de huertas agroecológicas, cooperativas textiles, comercializadoras de la economía popular, comedores populares, plantas de reciclado y muchas otras, no solo propuestas, sino acciones concretas que generan una economía del cuidado, no solo de las personas, sino también de la Madre Tierra. En articulación con académicos, intelectuales, ambientalistas, empresarios y funcionaries del estado (entre otras diversidades).

“Hoy tenemos una fuerte profundización del modelo agroindustrial, extractivista, capitalista. Hay muchas formas de presentar batalla desde sindicatos u organizaciones populares, dentro de la educación o incluso en los institucional, mucha gente que labura desde adentro. Mucha batalla en la manera de producir, distribuir o consumir. Pero hay una batalla que es realmente un frente muy difícil de abordar que el socioambiental. Sobre todo cuando la lucha ambiental empieza a perder una mirada social. Un ejemplo muy elocuente se dio en los incendios acá en las islas, donde hubo una exacerbación de la romantización de la naturaleza. Lo natural como lo prístino, lo no tocado por el hombre y a preservar, negando a las comunidades, la familia isleña, pescadora o pequeña productora, que de vez en cuando hace una quema controlada. Eso no tiene nada ver con los incendios intencionales de los grandes pooles de la ganadería concentrada que quieren colonizar el humedal. Hay una visión egocéntrica y eurocentrista, que sigue viendo desde la condición urbana de clase media-alta el problema de lo ambiental en términos de la negación de la existencia del otro (que son las comunidades campesinas). Hay bibliografía antropólogica que sostiene que los lugares donde se reserva la mejor biodiversidad disponible en el planeta está intervenida por las comunidades originarias. Son estas comunidades originarias quienes mejor defienden su territorio. Estamos transformando la lucha socioambiental en un ambientalismo que niega la luchas de clases y recrea una falsa idea europeista, platónica, metafísica, de naturaleza pura y prístina. Prácticamente de una prevalencia de la mirada judeocristiana, contraria a la visión y la multiculturalidad que tienen las visiones americanas. La negación del otro hace muy difícil que se genere un frente socioambiental”, opina Martín Montiel integrante de Paren de Fumigar y la Red de Comercio Justo del Litoral .

La queja constante, y cargada de angustia y culpa, acerca de la realidad ecológica que esgrimen muchos sectores ambientalistas (muchas veces desde cómodos escritorios) tiene mucho más que ver con la visión del apocalipsis cristiano acerca del fin del mundo, que con la mirada originaria amerikana de una renovación o pachakuti. Por otra parte desde muchos sectores de la defensa de la Madre Tierra se ve como avanza una posición netamente ambientalista o proteccionista, de mirada elitista, donde a veces los ríos y los pajaritos parecerían ser más importantes que las personas (da lo mismo una industria cárnica que una doña que cría llamas en la puna). Estas visiones son funcionales al esquema proteccionista del modelo capitalista, que históricamente han utilizado la conservación de la naturaleza como trampa de reserva de bienes comunes para el posterior uso extractivista en manos de empresas multinacionales (como dicta la experiencia del Corredor Mesoamericano y el Pan Puebla Panamá). Claro que hay numerosas excepciones en todos los ámbitos. De eso se trata. De como dice el patafísico Italo Calvino en sus ciudades invisibles: “saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. Una crítica política de la cultura.