LITERATURA Y FILOSOFÍA

La filosofía como incitación: estantes, textos, maestros

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Por Mariano Pacheco

Historia de una biblioteca, de Tomás Abraham, esta semana en la sección Libros y Alpargatas de La luna con gatillo

Cuando vi que Historia de una biblioteca, de Tomás Abraham, llevaba por subtítulo “De Platón a Nietzsche”, corrí a comprarlo. Es un libro publicado por Sudamericana hace más de una década, pero como sucede a menudo con textos que no están necesariamente vinculados a una coyuntura específica, en su momento pasó por alto. Este año, que me dediqué además a trabajar con intensidad sobre este prolífico autor rumano-argentino, me dispuse a leer estas más de 500 páginas guiado por una intuición: algo de aquello que me había deslumbrado al cursar su cátedra de Filosofía del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires tenía que estar allí. Es que ese paso por el CBC, hace casi dos décadas ya, marcó mi vida en algunas cuestiones. Una de ellas era ese modo particular de acercarse a la filosofía: partir de Nietzsche, el filósofo que dijo llegar para derribar la historia de la filosofía a martillazos, para llegar a Platón, el “culpable” de todos los males (según Nietzsche), para desde allí abordar el mundo de la Grecia antigua, guiado por muchos de los trabajos de Michel Foucault, y sobre todo, por dos de quienes Abraham ha declarado en más de una oportunidad como sus “maestros”: el filósofo italiano Giorgio Colli y el antropólogo francés Jean Pierre Vernant. El primer autor de un libro emblemático, El nacimiento de la filosofía (reseñado en esta misma sección: https://www.lalunacongatillo.com/la-filosofia-como-literatura/); el segundo de otro texto fundamental para poder sumergirse en el mundo griego de los siglos V y IV (a.c).

Uno de los primeros apartados, de hecho, se titula “Los maestros”. Puede leerse allí:

“Desde el siglo XIX, con la constitución de las universidades nacionales, nació la figura del profesor de filosofía. Un profesor no es un maestro, no trasmite un saber del que su vida es una expresión. No posee aquella integridad antigua. No se dirige ´personalmente´ a sus discípulos. Estos se han transformado en alumnos…”.

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Algo del antiguo arte de filosofar está presente en el espíritu de este libro, en el que si bien se sigue un cierto orden cronológico que lo estructura (“Antigüedad”; “Edad media”; “Tiempos Modernos I”; “Tiempos Modernos II”), su autor es fiel a esto que en la introducción comenta al pasar: “pensaré con la información que he acumulado en mis años de estudio. Habrá toques impresionistas y selecciones personales”.

Por eso si bien esta narración termina con Nietzsche, hacia fines del siglo XIX, se ve todo el tiempo “salpicada” por pensadores del siglo XX (Guilles Deleuze junto a los estoicos o Pierre Clastres junto a Montaigne, por ejemplo). Y si en la oración anterior la palabra “narración” aparece subrayada, es porque justamente Historia de una biblioteca recupera ese movimiento iniciático de vínculo con la literatura, en un camino que implica asumir una búsqueda por aquello que no se tiene (precisamente la sabiduría) y un trabajo de interrogación e interpelación en relación al saber.

Es en ese sentido que este libro de Abraham bien podría funcionar como una suerte de anti-manual de introducción. Pienso, por ejemplo, en Principios de filosofía de Adolfo Carpio (donde no están presentes ni Spinoza ni Nietzsche, como en este caso), cuyo “origen de la filosofía” aparece ligado al asombro por los elementos naturales y sus primeros desarrollos a una crítica universal, y no a una “experiencia cultural” (y revolución político-económica, e incluso técnica), que tiene que ver con la invención de la polis que trastoca las jerarquías, distribuye el espacio en demos y gesta la figura social del ciudadano, quien ejercita la oralidad como forma principal de darle unidad  a una comunidad donde lo importante son los pares, así como una cosmovisión fuertemente marcada por la curiosidad que despiertan otras culturas, que se descubren al profundizarse los viajes tras las innovaciones tecnológicas en la navegación.

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Por último, quisiera destacar que si bien el libro transita por las figuras centrales de la historia de la filosofía, de Sócrates como personaje de Platón hasta el Zaratustra de Nietzsche, pasando por los cínicos y los estoicos, Santo Tomás y Maquiavelo, Rousseau y Hobbes, San Agustín y Spinoza, Montaige y Locke, Leibniz y Descartes, Kant y Hegel, o Schopenhauer y Marx, algo de lo que aparece en el apartado “Los ensayistas”, y el modo en que trabaja el género a la hora de rastrear su nacimiento y formas de desarrollo, tiene mucho que ver con la forma en que Historia de una biblioteca está armado como libro.

Algo del ejercicio de rescatar autores favoritos para que su pensamiento vital guie al nuestro, de ese diálogo entre los vivos y los muertos para poner la propia voz en la escena contemporánea, típica del ensayismo, está presente en este recorrido por estantes que nos sugiere Tomás Abraham, en tanto que enfrentarnos a tremenda tradición puede resultar sofocante, o bien ésta puede presentarse (como este libro bien logra hacer), como seductor desafío de lectura, como obstáculo que estimula a desplegar fuerzas creativas que encaren con entusiasmo esa voluntad de saber presente siempre en toda persona que se acerca con pasión a estas razones que desde hace dos mil quinientos años se llama filosofía.