CRÍTICA DE CINE

La divina y la comedia

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Una crítica a la película Blondi, ópera prima de Dolores Fonzi.

Por Lea Ross

Existe, quizás, un concepto preestablecido sobre cómo se estructura una comedia en el cine argentino (o más bien porteño). Si se toma con que la figura-guía es Adrián Suar es evidente que el contraste es difuso si se emparenta con una telecomedia o sitcom de pantalla chica. La puesta en escena es elemental, el chascarrillo se limita a un breve diálogo con remate, la teatralidad es un mero subrayado, y la fotografía se contempla sin pasión.

Quizás Dolores Fonzi no ha tomado nota sobre los límites de este modelo de lo cómico, siempre proclive al financiamiento de productoras tradicionales y de streamings. Pero sí, en algún momento, las inquietudes que sobrecarga cualquier sentipensante en estos tiempos, y adquiriendo la experiencia sobre lo expansivo que puede ser la sensibilidad fílmica, es la que la lleva a dirigir en Blondi, su primera película como directora, a una necesidad de quiebre.

Blondi es una madre treintañera (suponemos, unos diez años menos que la actriz que la encarna). Su relación materna-amiga con su propio hijo adolescente Mirko (Toto Rovito) inevitablemente pega en el hondo sobre la difusa dialéctica entre quién encabeza la institución familiar. Más engorroso cuando se suman la abuela (Rita Cortese) y la hermana (Carla Peterson). No hay aquí una “Tana” Ferro, la personaje de Valeria Bertucchelli en Un novio para mi mujer, que se devore la película, donde por fuera del personaje no hay nada. Hay aquí un discreto altruismo donde cada una de estas especies equilibran la pecera. Cada plano general, cada intercambio de palabras, incluso en el montaje del plano y contraplano durante una conversación, parecieran dejar a un lado el egocentrismo característico de quienes pretenden monopolizar el chiste, siempre presente desde el origen del cine.

En ese transcurrir a lo road movie, no faltara algún tropiezo aislado, como la presencia de Carlos y sus gatos, donde se pone en duda sobre su razón de ser en toda la trama. Pero aún así, hay también otro quiebre en ese mismo ámbito, referido a una carga de supuesto dramatismo, cuya concentración se limita solo a la escena de la pileta. Salvo un quiebre con lágrimas al volante de un auto en el aeropuerto, lo melodramático no pretende acaparar o cumplir a rajatabla la profecía narrativa sobre el viajar de todo héroe o heroína, que siempre padece en los momentos previos al clímax. Nada eso. Lo cómico es un baluarte. Gran rareza la de la Fonsi. Aún siendo un filme que toca inquietudes contemporáneas, plaga de maternidades juveniles, adolescencias rosqueras, esquemas Ponzi y encantamientos de lo new age, no pareciera casual que las nuevas tecnologías y las redes sociales estuvieran ausentes, poniendo incluso un contexto histórico difuso. Ante panoramas de proclamas individualistas, aquí la risa es consecuencia del compartir con la otredad, y no el beneficio por pagar su sufrimiento.

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