Pensamiento Crítico

La danza de las luciérnagas

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Una reseña al libro fotográfico Uno hace lo que puede, ¿no?

Por Lea Ross

“Las imágenes no siempre representan, nos crean”, dice Agustina Viazzi.

Uno hace lo que puede, ¿no? Visualidades en tiempos de pandemia es un libro de fotorreporte, sobre distintos testimonios cordobeses que padecieron los momentos de encierro en los períodos más duros de la cuarentena. La compilación estuvo a cargo de Natalia Bermúdez, Nahuel Blázquez, Nicolás Cabrera y Ayelén Koompann, con el afán de lograr una “antropología de lo audiovisual necesariamente colaborativa”, mediante una metodología que ellxs llaman “auto-producciones del hacer”. Pasar de ser retratadxs a hacer su propio retrato. A partir de una pregunta disparadora (“¿Cómo estás viviendo todo esto?”), vecinxs que integran las “comunidades vulnerables” (término cuestionado por el propio libro) se encargan de responder ese interrogante, vía Whatsapp, y mandando algún registro fotográfico representativo. Una conclusión subrayada, y que quizás redefinió ese método, es que a pesar del verbo conjugado “vivir” en la pregunta, la respuesta apuntó a un “hacer” por la propia persona entrevistada.

Lo vulnerable se compadece con la pasividad, o que se compadece la privación con la pasividad. En lugar de eso, el trabajo advierte que el material es un contrapeso y una supuesta contestación a los contenidos mediáticos masivos, que lo único que registran con sus cámaras de televisión es la impotencia de los barrios de no poder cambiar su realidad (“visualidades de la desidia”). No es muy claro que realmente esa tesis quede fundamentada (por ejemplo, un testimonio dice que espera la llegada de un móvil televisivo para denunciar el saqueo de un comedor), pero sí logra polemizar con la contracara de esa óptica conservadora clasista, que es el afán de buscar solo actitudes subversivas. Eso no quiere decir que no haya presencia notable de mujeres al frente de un comedor, meretrices, personas ex privadas de su libertad, militantes sociales, vendedores ambulantes, carreros y familiares de víctimas de gatillo fácil. En su totalidad, lo que concreta es el de ratificar ese afán humano por el acto de narrar, más allá de sus condiciones materiales.

Si le sumamos a ese impulso para que esas personas lo hagan desde una mirada fotográfica, se pueden encontrar observaciones agudas, como las de Luli, del barrio Colonia Lola, donde afirma que la clave fotográfica para saber que la economía “está mal” es ver los “canastos de basura”, o mediante una cuota picaresca, en donde afirma que es “algo habitual en el barrio que cuando hay trabajo los colectivos se llenan”, mientras comparte una foto del interior desertificado de un bondi.

De allí que se contempla como notable la falta de protagonismo que tiene un modo de retrato, acorde a las narrativas globales, como es la selfie. Incluyendo los casos excepcionales, la presencia de un tercero, ya sea para sacar la foto o para figurar de fondo, nos lleva a una idea en donde ciertas maneras habituales en las más recientes redes sociales no son suficientes para abarcar el peso de la expresividad. Ni siquiera en los momentos donde se pretende retratar los espacios muertos o vacíos. Figurar no es lo mismo que ocupar. Quizás, el afán por retratar un hacer resalta la ineficiencia congelante de una mera exposición autorreferencial.

Uno hace lo que puede, ¿no? es un intento por concretar, desde lo académico, una guía para repelar formas narrativas que homogenizan un territorio, acorde a determinados intereses de clase. La obra deja abierta el rumbo a un horizonte donde el conocimiento científico pretenda saldar esa desigualdad, aunque sepa que no pueda quebrarla de raíz. Por el momento, solo pretenderá acercar un lineamiento ante el desparejo paso de esas luciérnagas, que iluminan y danzan, sin una dirección única.

Pueden ver el libro en el siguiente link: https://bit.ly/2ZuVlPv