FEMINISMOS

El imaginario de la víctima

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Gracias al acompañamiento colectivo, Higui fue absuelta y se encuentra en libertad. Pero, ¿cuántas otras mujeres o disidencias han tenido este derecho?

Por Nawa Yará
Foto: Osiris Martí

Vivimos días movidos. La violencia patriarcal recrudece cada día y los medios de comunicación aprovechan la primicia para la espectacularización de femicidios, abusos y violaciones. Viviana Canosa, con una apatía absolutamente siniestra se pasea por las pantallas preguntándole a las pibas, preguntándonos, ¿qué es el patriarcado para ustedes, muñecas? Viviana no sabe (o lo sabe muy bien) que el patriarcado es ella. Ella es la muñeca que sostiene, con su discurso miserable, el discurso de odio. A través de la voz de Viviana escuchamos la voz del poder disfrazado de mujer, que nos manda a bañarnos y depilarnos, como si no hubiera cosas más importantes en las que pensar ¿cierto? 

La encontramos también en Azzaro y sus comentarios sobre la violavión grupal en Palermo: “le puede pasar a alguien, que una persona en un momento quiera algo y después se arrepienta de ese algo durante o después, en ese caso ¿cómo se evalúa? Supongamos que la chica quiso con alguno de ellos… y ellos pueden decir lo mismo que ‘yo también estaba drogado y era incapaz de entender si ella estaba drogada o no estaba drogada como estaba yo’”. ¿Qué quiso decir exactamente Azzaro? ¿cómo justifica eso la violación? Cualquier argumento se cae a pedazos cuando un grupo de seis personas logra ponerse de acuerdo para, primero elegir una víctima, luego llevarla al auto de alguno de los imputados y, por último, turnarse para abusar de ella mientras otros dos hacían campana. No hace falta ir tan lejos, ni ser tan inteligente como para saber que algo no está bien esa dinámica. No puedo ni siquiera imaginarme cómo se organiza un grupo de varones para llevar a cabo ese acto. 

La pregunta que me surge es: ¿podemos enojarnos con Canosa, con Azzaro o con el séquito de muertos vivientes que mantiene su rating en la tv argentina desde hace décadas? Como poder, podemos, pero es un enojo infértil. Cada unx de estxs personajes no son más que una pequeñísima pieza de un engranaje más grande del que se sirve el poder para seguir perpetuándose a lo largo del tiempo y a lo ancho de las geografías. Cambian los personajes, cambian los medios y el modo en que interactuamos con la información, pero el discurso es el mismo que se repite una y otra vez por los siglos de los siglos. Por supuesto, eso no quiere decir que no nos indignemos después de escucharlos, pero perder demasiado aceite ahí no tiene sentido. Ya lo dice la sabiduría popular: el odio es una forma de involucrarse con el objeto odiado: el retweet, el like, la reproducción ad infinitum de sus palabras y dichos solo les da más popularidad, de alguna manera los empodera. 

Lo que me interesa resaltar aquí es que los sujetos en sí mismxs no son el problema, son más bien el síntoma que responde a una causa que se vela a través de la voz de quien habla: el discurso heteropatriarcal es el problema. Y este discurso lo llevamos incorporado, hecho carne, desde hace milenios porque la dominación masculina no es nueva: organiza la mayoría de las sociedades occidentales (por no decir todas). Y lamentablemente, muchas veces, el feminismo también colabora con su construcción y reproducción por más que su objetivo sea combatir este mismo discurso. 

En su Teoría de la mala víctima, Leonor Silvestri explica que el feminismo tiende a verse como una fuerza antagónica que no participa en la producción discursiva del patriarcado, pero que en el patriarcado, como el capitalismo, no existe un afuera. Por más que una piense, quiera o desee habitar ese afuera es imposible estar completamente al margen, así funciona el sistema. Por lo tanto, ciertos discursos del feminismo hacen también su aporte excluyendo, castigando o sancionando cualquier alejamiento a las tendencias dominantes. 

¿De qué forma participa el feminismo en la producción del discurso heteropatriarcal? Un ejemplo de ello es el feminismo abolicionista que estigmatiza a mujeres y disidencias que ejercen el trabajo sexual y sus comportamientos. Esta perspectiva alienta a penalizar la demanda sexual para erradicar la prostitución con la excusa de proteger la dignidad de las personas, cuando lo cierto es que son cientos las mujeres y disidencias que eligen y prefieren el trabajo sexual para sobrevivir a las condiciones de precariedad en las que se encuentran. Este tipo de ideología promete “proteger, honrar y recompensar materialmente a las mujeres que obedezcan la tradición y cumplan con el rol que les ha sido prescripto, pero el reverso de estas promesas consiste en amenazas o sanciones por haber transgredido las normas sexuales”, la cita es de Leonor. 

Tenemos, por lo tanto, dos sistemas de control: los sistemas formales que son todos aquellos socialmente instituidos y aceptados como el sistema judicial, el matrimonio, la familia, la escuela, etc. Y, por otro lado, los sistemas de control informales que son los que hacen y sostienen el sistema formal, aquí entran por ejemplo los medios de comunicación, la opinión pública y ciertos discursos del feminismo que funcionan como un dispositivo de reafirmación del sistema penal, judicial y de los aparatos represivos. Y que hacen lo mismo que el sistema judicial: criminalizar o patologizar, en este caso a las víctimas. 

Silvestri distingue entre la buena y la mala víctima. Se trata del modo en que el imaginario colectivo construye a la víctima de la violencia heteropatriarcal que es, al mismo tiempo, un modo de estereotipar y dar legitimidad a ciertas víctimas y a otras no. La buena víctima es aquella mujer o disidencia que, como mencionamos, ocupa el rol tradicionalmente asignado: sufre la violencia de forma pasiva, es demasiado “débil” como para defenderse por sus propios medios y por eso debe ser defendida por otrxs (los medios de comunicación, la opinión pública, otros varones, el sistema judicial, etc). La buena víctima sufre violencia y debe denunciar a tiempo (este derecho a la denuncia se convierte en un deber ser) de lo contrario surgen interrogantes como: “¿Por qué no denunció antes?”. Es decir que la legitimidad de su discurso se pone en duda en tanto no exista una denuncia a tiempo (como si ir a la policía a realizar una denuncia no implicase más violencia todavía). La buena víctima, además de ser débil y sufrir pasivamente la violencia es sensible, compasiva, llora y conmueve a otrxs por la violencia sufrida. Si la víctima no conmueve o no se muestra destrozada frente a la violencia de la que es objeto, entonces “capaz le gustaba”, “capaz quería al principio y después no”.

Para el imaginario colectivo, la buena víctima trabaja, estudia y “se rompe el culo trabajando”, como diría Vivi. Su reputación social y sexual es intachable: no sale, no se droga ni tiene una vida sexual demasiado llamativa. De lo contrario, otra vez, se pone en duda su discurso; ¿cuántas veces hemos escuchado desprestigiar, cuestionar o estigmatizar a víctimas de abuso por el simple hecho de ser libres, independientes y/o con una práctica sexual libre? Este discurso forma parte del discurso oficial: “Salía, tomaba y se drogaba” o el típico “usan esa ropa y después no quieren que las violen” o el famosísimo “¿y vos que hiciste para que te pegara” de Mirtha Legrand. Pero también el feminismo contribuye a construir esta imagen de la buena víctima cuando, como mencioné anteriormente, estigmatiza ciertas prácticas o conductas como la sexualidad o, incluso, la violencia de las mujeres contra sus agresores. Porque la buena víctima no es la que se defiende de la violencia del agresor, sino la que simplemente la sufre. Es, también, una buena mujer, amante y madre. 

Mientras que, la mala víctima es aquella mujer que, en el momento de ser agredida se defiende de su agresor. Recientemente, se dio a conocer la absolución de Higui, acusada de homicidio simple por matar a su agresor mientras se defendía de una violación correctiva por ser lesbiana. Porque, como sabemos, la violencia de los varones hacia las mujeres forma parte del sistema de control propio del patriarcado. Higui pasó ocho meses presa por haberse defendido, por ser una mala víctima y no sufrir pasivamente la agresión de un grupo de hombres que la hostigaban desde hacía tiempo y estaban dispuestos a someterla. En este tipo de casos vemos cómo funciona el sistema judicial: penalizando a aquellas víctimas que se defienden, que utilizan la violencia para paliar las agresiones de los varones sobre sus cuerpos. Gracias al acompañamiento y la lucha colectiva, Higui, fue absuelta y se encuentra en libertad, pero ¿cuántas otras mujeres o disidencias han tenido este derecho? Muy pocas. En Córdoba tenemos el caso de Brenda Barattini a quien le dieron 13 años por atacar a su pareja después de haber sufrido daños psicológicos por parte del varón y cuyo caso “conmocionó” a la sociedad y alimentó el morbo del circo mediático durante meses. Mientras, por otro lado, tenemos el caso de Rodrigo Eguillor, acusado de abuso sexual y privación ilegítima de la libertad, que desde hace más de 3 años se encuentra suspendido. La velocidad con que la justicia actúa en caso de mujeres que utilizan la legítima defensa versus la velocidad en casos en que varones abusan, golpean y/o violan es, otra vez, un indicador de la asimetría de género dentro del orden en el que vivimos. 

La violencia de los hombres contra las mujeres encuentra, a menudo, su legitimación en la mala reputación de las víctimas: su historia sexual o la transgresión de ciertos códigos sexuales o sociales. Trabajadoras sexuales, lesbianas, mujeres con mala reputación, mujeres que no quieren tener hijxs o son “malas madres” son susceptibles siempre de ser sancionadas, estigmatizadas y castigadas ante un tribunal o la opinión pública. 

Una de las conclusiones a las que llega Silvestri al respecto de lo que venimos hablando es que el delito, en realidad, radica en la independencia. Aquellas mujeres que se alejan de las tendencias dominantes (madres, amantes, mojigatas, pasivas, débiles, etc.) son puestas en duda tanto por el sistema de control formal como el informal. Y creo que una de las cosas que como feministas debemos preguntarnos es cómo nuestro discurso contribuye a construir, también, un ideal de mujer y buena víctima mientras estigmatiza y sanciona a todas las otras mujeres y disidencias que no entran dentro del imaginario de la mujer hegemónico.