El alma de una época

Una crítica a Camila saldrá esta noche, de Inés Barrionuevo.

Por Lea Ross

La cámara sigue, por sus espaldas, a un grupo de amigxs adolescentes que van corriendo, como si se escaparan de algo o de alguien. El cuadro es un plano medio corto, por lo que se enfoca en una mochila con un pañuelo verde atado. Atraviesan un muro o tapia y comentan algo sobre cómo reaccionó la “yuta”. Finalmente, se meten en el interior de un museo, pagando la entrada correspondiente. En este establecimiento, que funciona como un escondite, las palabras de una guía comenta la historia de una niña raptada y sometida por los colonos, y que el destino de su período vital se diferencia a la de su cuerpo post-mortem, que adquirió una mínima reverencia espiritual.

Toda esta primera secuencia, previa al título de la película, sintetiza lo que se esperaría en el resto de la cuarta obra de Inés Barrionuevo, pero la primera donde los paisajes de la provincia de Córdoba están ausentes.

En una mezcla de irreverencia, sensualidad, timidez y dudas, la joven Nina Dziembrowski encarna a la protagonista de esta historia, donde se traslada con su madre y hermana menor a la Capital Federal a ocupar la casa de su abuela, en plena agonización clínica. Su única entrada educativa es la de un colegio católico, donde las normas de la autoridad se rige tanto por quienes dirigen la escuela, como por parte del estudiantado que ejerce el bulling como un modo de jerarquización interna.

En sus dos primeras películas, Atlántida y Julia y el zorro, Barrionuevo no siempre lograba equilibrar su obsesión por los cuerpos como por los escenarios, donde muchas veces sus planos cortos encerraban a sus personajes, sin modo de interacción con su entorno. Tendrá un giro con Las motitos, donde las imágenes más memorables son aquellas donde los personajes no se ahogan o intentan no estarlo.

Lo mismo pasa con Camila…, que además logra generar todo un equilibrio en todo lo que caracteriza a su filmografía, y no solo por las escenas de ambientes cálidos o que incluya una fuente de agua para sumergirse. Lo que ocurre aquí es una precisa conjugación de los mismos con las tensiones de clase, sexogenérica, generacional e ideológica que ocurren en la trama. Los planos se acortan cuando hace falta, como el encierro que padece la protagonista cuando es acorralada por quienes pretenderán ser su molestia. También se destaca la proliferación de elementos con una carga de poética de resultados poco predecibles, como el gatito o el filoso limpiador de uñas. Los ambientes son contrastables, con un subrayado uso de iluminación, donde las sombras de incertidumbre, y de insistente encierro, se van despejando a medida que Camila tiene su maduración tanto política como sexual. Y es en esa sexualidad, donde el sexo sobre una cama, envuelta en un pedazo de plástico, convierte a la escena en algo tan inquietante como el último plano del filme.

Desde lo más conservador de la crítica, la obra de Inés sería defenestrada por “caranchear” muchos tópicos presentes en las discusiones coyunturales, llevándolo a un relato convencional. Esa misma crítica es la que avala esas historias mínimas (o extraordinarias) que optan por evadir su propio presente. Mal que les pese, el pañuelo verde, ese elemento que se está volviendo omnipresente tanto en las calles como en la pantalla grande, ha empujado al cine a que se haga cargo de su propia Historia. Podemos decir que hemos de contemplar una película que se ha tornado en el alma de su propia época.