Cuando Antonio Seguí me quitó la pelota

Una mirada no muy complaciente sobre el recientemente fallecido artista plástico franco-cordobés.

Por Lea Ross

(Foto de portada: Pasar la frontera. Gentileza: Museo Nacional del Grabado).

Durante mi crianza, los baches en las calles de tierra eran una buena compañía para jugar a la pelota. Los autos que pasaban se veían obligados a desacelerar lo suficiente como para evitar que esos pozos no les jugaran una mala pasada. Así que no había ningún peligro. Estamos en el barrio Villa Belgrano, al noroeste de la ciudad de Córdoba. Para cuando tenía diez años de edad, la tierra empezaba a levantarse. La construcción del Nudo Vial 14, que desde entonces funciona como un conector circular para entrar a la gran ciudad capitalina, implicó que toda esa tierra acumulada en la calle no era bienvenida. Tampoco los baches. ¡Marche un pavimento sobre esa calle!, dijeron las autoridades. Una calle bien pavimentada y sin baches. Si no hay baches, los autos chochos. Y si están chochos, ya no hay pelota, es peligroso jugar en la calle.

“¿Sabés por qué hay más robos? Porque ya no hay más chicos jugando fuera de las casas”, me comenta un arquitecto de la zona, con una intrincada teoría que, por lo menos en ese entonces, no la había escuchado: “Si los chicos juegan cerca de sus casas, los chorros no tendrían testigos a la hora de merodear. Pero si se encierran, entonces resulta más fácil salir a desvalijar”. Una teoría medio burguesa, pero no por eso poco original.

Al disiparse ese polvo, en el centro de la rotonda de ese nudo vial, emergió una de las obras de Antonio Seguí: la Mujer Urbana. Anteriormente, el Hombre Urbano se había inaugurado en la zona de la estación de trenes Mitre y la terminal de ómnibus. Esos puntos neurálgicos de la circulación hace comprender la presencia de aquel monigote bigotudo donde, en lugar de sombrero (típico de los tipejos que figuran en los cuadros del artista franco-cordobés), despliega una hilera de vehículos donde se incluye un barco en plena zona mediterránea.

De la Sota, Mestre y Seguí. Archivo La Voz.

En el caso de la Mujer Urbana, no parece casual su presencia en una zona destinada a ser dormitorio: en la actualidad, la cuestión hogareña queda relegada en los bordes traseros del nudo desde la perspectiva céntrica. El hombre viaja por la ciudad para ejercer el trabajo; la mujer se apiada de la puerta que la atraviesa por la mitad, destinada a su rol casero. Veinte años después, esa gentifricación avanza en la medida que se despliegan centros comerciales con grandes oficinas, burós de negocios involucrados en la evasión fiscal (entre ellos, la sede de Generación Zoe) y heladerías que no te sirven crema rusa.

El hiperrrealismo coqueto bidimensional de Antonio Seguí expone, en sus más de diez metros, un optimismo tan grande como la que podía llegar a tener la dirigencia política cordobesa. Con traje formal pero abultada corbata, Seguí había inaugurado el Hombre Urbano pegado a los gobernadores unidimensionales Ramón Mestre y José Manuel de la Sota, que en ese entonces uno estaba por traspasarle el banco al otro. Desde una mirada fálica, les convencía que esa obra fuese una emulación del bastón de mando.

En los cuadros de Seguí, el estilo parisino es intocable. La noción de ciudad, tan céntrica y con distanciamiento milimétrico entre sus personajes, otorga una densidad anhelada para todo aquel que quiera una planificación urbana soñada. Un sueño que pudo llenarse en las paredes de los museos. O por lo menos, se intentó al extirpar parte de ese mundo idílico y construido con acero, casi como una entonación a una Córdoba industrial en pleno proceso metalmecánico.

En lugar de eso, un manchón urbanístico se ha caracterizado con picadas expansivas con servicios básicos colapsados, al sazón de incrementar el capital de grandes especuladores inmobiliarios. La añoranza ciudadana de Seguí solo cumplió un requisito de quedar insertada en la idiosincrasia cultural callejera. Pero siempre en su afán por alcanzar, frustradamente, y de manera bien vertical, a las grandes ciudades europeas. Lo que queda es una ciudad mantenida por los merodeadores campos de soja.

Mientras tanto, los pibes de ahora siguen marcando sus firmas en las paredes, bien desde abajo. Esos mismos que de chicos no les dejaron jugar a la pelota.