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Cálculo y osadía

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Apenas se dio a conocer el escrutinio provisorio, poco después de las nueve de la noche, los números contemplaban el peor resultado para los opositores. “La diferencia está del otro lado. El triunfo es de Daniel Passerini”, reconoció Rodrigo de Loredo. Al lado suyo, estaban Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich. Apenas se podían verse. Tenían una mínima expectativa de consumir un logro cordobesista. Solo les quedó de regalo una foto con todas las figuritas arriba del escenario con caras tristonas.


Desde el oficialismo provincial, la satisfacción cotiza en alza. Las distintas maniobras, algunas con tufillo a campaña sucia, adquirieron su efectividad. Sea trabajo intenso en los barrios, sea activismo extensivo en las redes sociales, sea convencer a personas allegadas, sea el conformismo por una efectiva gestión de Martín Llaryora, sea el miedo a que gane Cambiemos, sea una cínica campaña sobre narcoescándalo, ¿sea convencer a algunos a no ir a votar?, lo que sea, terminó marcando una mayor diferencia de las que hubo a nivel provincial.


La campaña por la intendencia en la capital cordobesa marcó los cimientos de la nueva era, que prometió el electo gobernador. Los fuegos cruzados, a nivel mediático, quebraron el mandato paterno-maquiavélico de no darle pié al rival. Llaryora respira tranquilo.


Pero Juan Schiaretti también. Larreta, por dentro, sabe que ahora tendrá más chances para convencerlo de remontar un posible acuerdo. El frente de frentes. ¿El frente que quebrará a Juntos? ¿Entra el Gringo, sale la Pato?


Son las diez de la noche. Y para ambos lados, tanto para Hacemos Unidos Por Córdoba como para Juntos Por El Cambio, optan por hacerse los distraídos de ese otro número estelar. Fijo, no móvil. No es el 47 coma y pico de Passerini, ni el 40 coma y pico de De Loredo. Es el 59 y pico por ciento. Es el porcentaje de quienes fueron a votar. Cuatro de cada diez se rehusaron de ir al cuarto oscuro. Abrumador, pero predecible, en base a lo acontecido en otros puntos del país.
La osadía será gestionar un triunfo con cálculo, pero tan frío como su falta de legitimidad.